Mi vecino más inmediato se llama David. El que viene a limpiar la escalera se llama David. Hay un montón de gente que se llama David. Es muy curioso esto de la elección de los nombres de los hijos por parte de los padres. Creo recordar que en la novela de Sterne, Las Andanzas y Opiniones de Tristan Shandy, se reflexiona un buen rato sobre este asunto porque, en opinión del autor, el nombre que le ponen a uno, condiciona en gran medida su vida. Recuerdo que cuando nacieron nuestras hijas tuvimos muy presente esta cuestión y por eso tratamos de ponerlas los nombres que nos parecían de los más anodinos. Seguramente, como en todo lo demás, o no acertamos o acertamos a medias. En cualquier caso, es evidente que hay nombres prestigiosos y también los hay malditos. David, sin duda, es prestigioso y Absalón está maldito. ¿Conocen ustedes a algún Absalón?
Me pregunto cuántas personas de las que ponen a sus hijos el nombre de David han leído la biografía que de él nos da la Biblia. La mayoría de la gente le conoce por lo de haber matado de un peñazo al gigante Goliat. Sin embargo, las familias reales, a las que se supone una cierta formación, nunca suelen poner a sus herederos el nombre de David. Yo, al menos, no conozco ningún rey David que no sea el original. Y es que, ¡menudo personaje! Agujero que veía, agujero que quería tapar. ¿Cuántas mujeres tuvo? ¿Cuántos hijos? No es extraño que entre tanta tropa le saliese un respondón, Absalón, que estuvo en tris de destronarle.
Esta cuestión del hijo que destrona al padre es algo de lo que la historia da cumplida cuenta. Y aquí también hay diferencias entre la forma de abordarlo entre la cultura indoeuropea y la semita. En la indoeuropea, el padre siempre es consciente de ese fatum y trata, sin pararse en consideraciones morales, de evitar lo inevitable. La historia de Edipo es paradigmática al respecto, pero hay cientos de historias semejantes. Un oráculo anuncia que el hijo matará al padre y el padre, para evitar que el oráculo se cumpla, manda exponer al hijo recien nacido a las fieras del bosque. Aquí en España, que también es indoeuropea, nuestra quizá más emblemática obra de teatro, trata, precisamente, de ese asunto: La Vida es Sueño. De nada sirvió encadenar a Segismundo en una mazmorra en medio de la nada; al final se cumplió el oráculo. Siempre se cumple, y aquí sí que hay tela para que la corten a su gusto todas las legiones de los estudiosos del alma humana. Recuerden todo lo que le dio de sí a Freud.
En la cultura semita, nada qué ver. Al menos eso es lo que nos da a entender la historia de David. La rebelión de Absalón, uno de entre sus muchos hijos, parece cogerle desprevenido. Tiene que huir para encarar la rebelión. Y en ningún momento parece guardar rencor hacia el hijo rebelde. Su mayor preocupación cuando se entabla la guerra es salvaguardar la vida del hijo. Luego, cuando por una jugarreta del destino, Absalón pierde la vida -se le enredan los cabellos en las ramas de una encina cuando iba huyendo y un general de David le inserta tres venablos en el corazón- la desolación de David recuerda mucho a la que tuvo Tárrega cuando se le murió una hija. ¡Hijo! ¡Hijo! ¡Hijo! ¡Absalón! ¡Absalón! ¡Absalón! Lo mejor para hacerse una idea del dolor de David es escuchar la Lagrima de Tárrega.
En fin, todo conjeturas... o pajas mentales, como también se suele decir. Pero qué duda cabe de que, allí lejos, de donde venimos, nos condiciona la manera en la que interpretamos la realidad. No es lo mismo ser indoeuropeo que semita. Lo estamos comprobando a diario. Aunque ya andamos tan mezclados...
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