El sueño de la vida en el bosque es algo de lo que no se cura uno en la vida a no ser, supongo, que lo hayas experimentado por una temporada. Es el mito de la autosuficiencia. Necesidades mínimas, incluidas, sobre todas las demás, las sociales. Es lo que Thoreau trata de contarnos en Walden. Está allí una temporada autoconvenciéndose de que observar a las hormigas es muy interesante. De hecho, una vez acabada la cabaña, se aburre de muerte y, si resite dos años es porque, entre los pocos utensilios que tiene en la cabaña, están el papel, la pluma y unos pocos libros esenciales. Su conclusión final, parece ser, es que una cosa es con qué hacer algo y la otra qué hacer. Irse al bosque a vivir es la parafernalia que uno se monta porque supone que así le será más fácil hacer algo. Pasarse la vida preparándose para hacer algo es una opción que muchos escogen. Al final se van de aquí sin haber hecho nada que no sea haber dado muchos consejos sobre lo que hay que hacer para hacer algo: son los depresivos incurables.
Vivir sin tener que trabajar para ganarte la vida es una tragedia. Es algo que te aboca directamente a la depresión. Puedes inventarte entretenimientos más o menos efectivos, pero nunca tendrán la fuerza evasiva de la necesidad imperiosa. Si no trabajas no comes: no creo que pueda haber fórmula mejor para acabar con todos los problemas del mundo. A la que una persona come sin trabajar, se le pudre el alma y no tarda ni cuatro días en ponerse a filosofar sobre lo que los demás tienen que hacer para que el mundo sea mejor; es decir se convierte en un ser tóxico. Y ese es el asunto que de tanto robar fuego a los dioses hemos conseguido poder vivir sin trabajar si no es para robar más fuego y, de resultas de ello, nos hemos convertido en una sociedad de seres tóxicos.
Entonces, caes en la cuenta y te quieres ir a vivir al bosque... a observar la armonía de las hormigas. La armonía que les proporciona el estar siempre ocupadas so pena de sucumbir.
No sé, pero si volviese a nacer, con la experiencia de la vida ya vivida, no lo dudaría un minuto: sería granjero. Es el oficio que más te acerca a la autosuficiencia. Comer lo que produces, vestir lo que tejes, calentarte con la madera que cortas, curarte con las yerbas que conoces, defenderte con las armas que fabricas y dar gracias a los dioses con tus propias oraciones. En fin, que los sueños, sueños son.
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