Transcribo:
"Hace poco tiempo, un indio itinerante fue a vender cestas a casa de un conocido abogado de mi vecindad. «¿Quiere comprar cestas?», le preguntó. «No, no queremos ninguna», fue la réplica. «¡Cómo!», exclamó el indio mientras salía por la puerta, «¿quiere que nos muramos de hambre?». Habiendo visto que a sus laboriosos vecinos blancos les iba tan bien, que el abogado sólo tenía que tejer argumentos y que por cierta magia le seguía la riqueza y reputación, se había dicho a sí mismo: me dedicaré a los negocios, tejeré cestas; es algo que puedo hacer. Pensó que cuando hubiera hecho las cestas habría cumplido su parte y luego la del hombre blanco sería comprarlas. No se dio cuenta de que era necesario convencer a los demás de que valía la pena comprarlas, o al menos hacer creer al otro que así era, o hacer algo más por lo que valiera la pena comprarlas. Yo también había tejido una cesta de delicada textura, pero no convencí a nadie de que valiera la pena comprarla -A Week on the Concord and Merrimack Rivers-. Sin embargo, no pensé que no mereciera la pena tejerlas y, en lugar de estudiar cómo conseguir que los hombres creyeran que valía la pena comprar mis cestas, estudié cómo evitar la necesidad de venderlas. Sólo hay un tipo de vida que los hombres alaben y consideren lograda. ¿Por qué deberíamos exagerarlo a expensas de los demás?"
Exacto: para lo único que merece la pena estudiar es para evitar la necesidad de vender las cestas que haces. Si, como le pasaba al abogado que tejía argumentos, por cierta magia, al hacer cestas le sigue la riqueza y reputación, pues bendito sea, pero no es eso lo que en principio se perseguía: uno hace cestas porque ejercitar las habilidades adquiridas es fuente de satisfacción. Claro que de alguna manera hay que ganarse la comida, pero no dejes que eso se convierta en el eje sobre el que gira tu vida. Lo realmente importante, lo que te pone en contacto con la divinidad, es ejercitar las habilidades que tanto sacrificio te costó adquirir. Porque, es que, además, si aprendiste a comer adecuadamente, sabrás que su coste es mínimo. Como, por otra parte, lo es el de todas las demás necesidades materiales... si es que realmente son necesidades y no caprichos con los que tratas de escapar de ti mismo.
Estamos en lo de siempre, filosofando acerca de la manera de no volver a equivocarse una vez más. Porque la vejez es celebración por lo que por fin eres capaz de comprender, pero, sobre todo, pesadumbre por el recuerdo insistente de todo lo que te equivocaste a lo largo de la vida. En fin, como siempre, lo uno por lo otro, la casa sin barrer, como se suele decir.
Estimado Pedro, conocía a Thoreau , soy sincero, por tí Hace un tiempo lo habías mencionado. Esto picó mi curiosidad. Ahora he comprado en el Kindle una edición de J Upkide . Ya te comentaré. Nunca me decepcionan tus consejos!
ResponderEliminarNo lo lamentarás.
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