Vine al bosque porque quise vivir, deliberadamente, enfrentándome a los hechos esenciales de la vida.
Y ver si era capaz.
No a aprender lo que el bosque puede enseñar. Y no descubrir, cuando esté a punto de morir, que no he vivido.
Thoreau"
Cuando consideramos cuál es la principal finalidad de los hombres —para hacer uso de las palabras del catecismo— y sus principales necesidades y medios de vida, pareciera que hubieran elegido deliberadamente esta forma de vivir porque la prefieren a cualquier otra; sin embargo, ellos piensan honradamente que no es posible elección alguna. Pero las naturalezas activas y saludables recuerdan que el sol ascendió con claridad. Nunca es demasiado tarde para renunciar a nuestros prejuicios. No se puede creer firmemente, sin pruebas, en alguna forma de pensar o de hacer, por antigua que sea. Lo que hoy todo el mundo repite y acepta como verdadero, puede convertirse en mentira mañana, una mera opinión de humo que algunos creyeron fuera nube que daría agua fertilizadora para los campos. Tratad de hacer aquello que la gente antigua afirma ser imposible de realizar, y demostrad que sí podéis. Los hechos antiguos pertenecen a las generaciones antiguas, y los nuevos, a la nueva generación. (...)
Hace unos treinta años que vivo en este planeta y todavía estoy por oír la primera sílaba de los serios o valiosos consejos de mis mayores, pues no me han dicho nada, o quizá no puedan decirme nada, de utilidad. Aquí está la vida, un experimento, la mayor parte del cual no ha sido realizado todavía por mí; pero no me beneficia en absoluto que otros lo hayan realizado. Si poseo alguna experiencia que considero de valor, puedo asegurar que mis mentores no me dijeron una palabra acerca de ella. (...)
Sin duda alguna, el tedio y el fastidio que presumiblemente han agotado la variedad y las alegrías de la vida son tan viejos como Adán. Pero las capacidades del hombre no han sido medidas todavía, y se ha ensayado tan poco, que no podemos juzgarlas por algunos precedentes. (...)"
Para muestra basta un botón. Los párrafos precedentes pertenecen a "Walden", la icónica, para mí, obra de Henry David Thoreau. Para mí, digo, porque no pretendo que nadie me confirme en mis preferencias. Del Siglo de Oro para acá puedo contarlas con los dedos de la mano. Las novelas inglesas de aventuras -La Isla del Tesoro, Robinsón Crusoe-, Baroja, algo de Ortega y, sobre todo, Thoreau y Pessoa... tal para cual. Necesito volver a ellos una y otra vez y nunca me sacio. Thoreau y Pessoa tienen una característica común, su conocimiento de los clásicos grecolatinos. Por mi pobre experiencia al respecto de esos clásicos, podría asegurar que no hay nada que condicione tanto la vida como su conocimiento; y ya no te digo nada si ese conocimiento se hace en las lenguas originales, cual fue el caso de los dos autores citados.
Walden es una reflexión sobre las necesidades materiales del hombre. Comida, cobijo, ropa y combustible. Cuando te extralimitas de esas necesidades primarias, lo que denominamos lujo, empiezan los quebraderos de cabeza. A la postre, arrastrados por esa incitación interior al lujo, que es un intento de huida de uno mismo, convertimos la vida en un rosario de equivocaciones que son el material con el que se fabrica esa sensación de fracaso que nos aplasta... a partir de ahí, todo es disimulo.
Todas estas cosas las sabían de carrerilla Zenón de Citio, Séneca, Epicteto, Marco Aurelio... vivir de acuerdo con la naturaleza vendría a ser lo que llamamos virtud, es decir, lo único que nos apacigua el espíritu.

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