lunes, 22 de septiembre de 2025

Patognomónico

Cuando tenía catorce años tuve un incidente de los que nunca se olvidan. El profesor de Formación del Espíritu Nacional nos había puesto un examen aquel día. Como era una asignatura sobre la que todos hacíamos chistes, me puse a escribir lo que me salía y ello fueron unas cuantas irreverencias sobre el régimen político en curso por aquellos días. Dándome cuenta de que aquello que había escrito no era de recibo, hice un gurruño con el papel y lo tiré a la papelera y me fui. El profesor, que ya me tenía enfilado, fue a la papelera, agarró el gurruño, lo alisó y leyó el contenido. Ahí empezaron mis desgracias. Se me expulso del colegió, se me suspendió con un cero la asignatura que contaba como una más en el cómputo de la nota final, me obligaron a aprenderme de memoria los Principios Fundamentales del Movimiento y unas cuantas cosas más y, si no hubiera sido porque el gobernador civil de por entonces había sido compañero de mi tío en el colegio de Villacarriedo, no sé a dónde hubiera llegado la persecución. Así todo, al año siguiente, ya en otro colegio, al examinarme de la reválida en el instituto de Enseñanza Media de la ciudad, volvieron a ponerme un cero en la dichosa Formación del Espíritu, que podría haber sido letal si en el resto de las asignaturas hubiera tenido un aprobado por los pelos; afortunadamente me sobraron muchos puntos para salir de paso... con la lección aprendida, por supuesto. 

Les he contado esta batallita porque he visto un vídeo en el que dos policias van a una casa a detener a un niño porque ha escrito en una red social algo que al gobierno de la nación -Reino Unido, en este caso- no le ha gustado. Dos policías, mujeres, una rubia y otra morena con hiyab, como si se tratase de la Verbena de la Paloma. La madre del niño, una madre coraje sin duda, las despide con cajas destempladas. No sé cómo habrá acabado el asunto, pero, en cualquier caso, da una idea de a dónde ha llegado la locura. Me imagino que, como fue mi caso, son acciones ejemplarizantes con las que se pretende amedrentar. Y es que, como les decía el otro día, el poder, por su propia naturaleza, siempre es tiránico y, por tal, inseguro de sí mismo. Lo siguiente, por tanto, son las tonterías, o barbaridades, hacia las que toda inseguridad aboca. Estamos cansados de ver ejemplos de semejantes procederes a todo lo largo de la historia. 

Fíjense como estamos, en Inglaterra, el país que en 1215 hizo firmar a Juan Sin Tierra la Carta Magna que reconocía los derechos fundamentales de la ciudadanía y la igualdad ante la ley. Y que, cuatro siglos después, decapitó al rey Carlos I por no haber sabido respetar la letra y espíritu de la mentada Carta. Pues sí, en eso están en Inglaterra, persiguiendo a los niños por hacer chistes sobre el hiyab. Supongo que esa estúpida persecución es un signo patognomónico de la desesperación de un poder a bout de suffle. Por si no lo saben, patognomónico es una palabreja que usamos los médicos para denominar un síntoma que por si solo se basta para diagnosticar una enfermedad... en este caso, un poder en las últimas. Sí, señoras y señores, estamos a un paso de empezar a decapitar reyes... o reyezuelos, si mejor quieren. Y colorín, colorado. 
 

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