Me envía Santi un artículo en el que se afirma que uno de cada dos japoneses no bebe alcohol. Es una gran novedad en un país en el que, por lo visto, beber era una obligación social ya que favorecía la armonía. Siempre hubo allí el ritual de ir a tomar unas copas con los colegas a la salida del trabajo. Bien que hemos visto eso en las películas costumbristas de Ozu. Lo mismo que la tolerancia a las consecuencias de los excesos. En eso, la sociedad japonesa, que dicen que es tan peculiar, bien poco se diferencia de la nuestra. Como tampoco se diferencia en ese salto al abstencionismo que, todo parece indicar, también se está dando por aquí. Me decían mis hijas que hoy día los jóvenes no beben y, también, leo titulares en los que se asegura que el negocio del vino y la cerveza ya no va tan bien como iba. No sé qué habrá de cierto en ello, pero no me fío un pelo, porque la cuestión mollar de este asunto, que no es otra que la necesidad de evasión de uno mismo, no creo que haya cambiado, a no ser que lo haya hecho hacia peor por aquello de haber aumentado las horas de ocio.
Personalmente, como buen chisgaravís que he sido, necesité del alcohol para poder soportar eso que la gente llama relaciones sociales y que, yo, desde que ví cierta película de Polansky, llamo bailes de vampiros. El caso es que nunca toleré muy bien el alcohol y, quizá haya sido, en parte, debido a ello, el que me haya costado tan poco dejar de frecuentar los bailes de vampiros. Es una hipótesis, aunque no es la única que tengo; pocas lecturas me habrán impactado tanto como Las Bacantes de Eurípides. Y es que una cosa es querer meter en la cárcel a la sentimentalidad y otra es darle rienda suelta, cosa que automáticamente lleva al canibalismo. El alcohol es, precisamente, la facilitación de esa rienda suelta... la exaltación de la amistad, los cantos regionales, el tuteo a la autoridad y, lo peor de todo, los insultos al clero; a partir de ahí, ya se puede esperar cualquier cosa, incluso ponerte a pensar en modo socialista; la ruina moral total, en definitiva.
Sentimentalidad, idealismo, hay que andarse con un cuidado extremo con estas cosas, porque te abandonas a ellas y acabas en la miseria. Y no niego yo que el tomar una copa de vino en las comidas pueda ser beneficioso por aquello de que facilita la digestión de los alimentos, cosa que pone de buen humor, pero, ¡ojo al parche!, porque el vino no deja de ser fuego robado a los dioses y, como tal, a la menor falta de respeto te encadena a una roca y te roe los hígados.
En fin, vete tú a saber, porque con las adicciones, pasa como con los reyes, que a una muerta, otra puesta. Porque, ya digo, la cuestión mollar de este asunto es la imposibilidad que muestran los humanos de soportarse a sí mismos a la que dejan el fragor de la batalla. Digamos que ese es el mayor defecto de fabricación que tenemos.
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