Cuando se publica el Lazarillo de Tormes, mediado el siglo XVI, España está en su apogeo: se está convirtiendo en la potencia hegemónica en todos los órdenes. Ocho siglos de lucha contra el sarraceno le han proporcionado un músculo que es imposible mantener sosegado: necesita acción. A la vista están los resultados; solo hay que darse una vuelta por este barrio en el que vivo para comprobarlo: más de la mitad de las personas que lo habitan son hijos de aquellas epopeyas que fueron más que nada espirituales.
Y en ese contexto de euforia es cuando se escribe el Lazarillo de Tormes, una visión de la condición humana en sus aspectos más siniestros. Todos los pecados capitales en ebullición. El clérigo y el ciego no ponen límites a su maldad. Y el hidalgo es como un perro callejero que se queda con Lázaro porque le da de comer. No se salva nadie en esa historia. Es la miseria humana impregnándolo todo.
Como se suele decir, cada uno cuenta la feria según le va en ella. Sin duda al anónimo autor del Lazarillo le debía ir de pena y por eso solo se fijaba en lo que sintonizaba con su estado de ánimo. Porque no puede ser que una sociedad que hizo tales gestas fuese tan degradada moralmente como nos la pinta. En realidad, si bien lo consideramos, toda, o casi toda, la literatura cojea de ese pie: describir los aspectos más siniestros de la realidad que, por lo que sea -ignorantes psicólogos tienen las ciencias del espíritu que te lo sabrán responder-, son con los que los lectores más se regodean.
Dicen que la envidia es el sufrimiento por el bien ajeno. ¿Qué es, entonces, el regodeo por el mal del otro? Seguramente es el consuelo de los miserables por aquello de que a todo hay quien gane. Ver a alguien muy jodido, parece como que ayuda a relativizar el propio jodimiento. Y ya, cuando el muy jodido saca su ingenio para vengarse, la identificación es absoluta: el momento álgido de toda la historia del Lazarillo es cuando hace saltar al ciego contra una columna. Es una crueldad tan justificada que casi parece virtud. Pero, la realidad es que, la necesidad de venganza delata nuestra impotencia.
En fin, sea como sea, lo que cuenta es que disfruto leyendo las miserias por las que pasa Lázaro y, sobre todo, su ingenio, para sobrevivir. Quizá es porque me resulta fácil identificarme, y es que, salvando las distancias, uno también tuvo que pasar lo suyo y saber ingeniárselas cuando, a los diez años, empecé el peregrinaje por internados y pupilajes... pa contar y no acabar.
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