Ese movimiento de apoyo a Palestina, algo a mi juicio absolutamente descabellado, es el mismo apoyo que tuvieron allá, por los años del cuplé, las ideologías comunistas. ¿Cómo alguien en su sano juicio puede apoyar semejantes barbaridades? Pues muy sencillo, porque cuando estás mal en la vida por cuestiones de índole íntima, tiendes de una forma instintiva a procurar todo el mal que puedas a tu entorno adhiriéndote a las ideas más destructivas que circulan a tu alrededor. Siempre ha sido así y siempre será.
La cuestión a dilucidar, entonces, sería el ¿por qué en determinadas épocas históricas se produce un incremento de ese sufrimiento de índole íntima? Toda esa morangada que viene a Europa huyendo de sociedades tremendamente injustas, a la que están aquí una temporada con el estómago lleno, empiezan a sentirse incómodos y buscan consuelo en la nostalgia de sus países de origen. Quizá todo ello no sea más que el miedo a la libertad. Y es que la libertad es tan exigente que hay que haberla mamado desde la cuna para poder adaptarse a ella. Así es que ese malestar va saliendo a luz y es rápidamente simpatizado por los aborígenes que quedaron rezagados, ya sea porque los dioses fueran avaros con ellos en el reparto de dones, ya porque recibieron una educación defectuosa. Se forma así un conglomerado de resentidos que si toma conciencia de su fuerza se convierte en una pesadilla para quienes llevan su cruz a cuestas sin hacérselo saber a nadie.
Y ya saben lo que pasa con las pesadillas que, una de dos, o las enfrentas o dejas que te destruyan. La historia está llena de ejemplos en ambas direcciones. En lo que hace al presente, parece ser que cada vez más gente se está decantando por el enfrentamiento. Todas las guerras civiles han comenzado así: los que llevan su cruz a cuestas silenciosamente contra los que tienen soluciones mágicas para vivir sin necesidad de llevar cruces a cuestas. También se podría decir, entre los que temen a Dios y los que no admiten su existencia. La chusma llama a eso, derechas e izquierdas. O cosas por el estilo.
Y en esas estamos: amagando. De momento la cosa va de banderas; unos las ponen y otros las quitan, con, por supuesto, intercambio de empujones y algún puñetazo que se escapa. Lo demás es gente que va perdida por la calle escrutando para ver si encuentra a alguien sobre el que poder descargar sus angustias. Ayer iba con María por ahí y nos abordó un conocido que no tardó ni dos minutos en sacar al demonio Trump a colación. No es la primera ni la segunda vez que nos pasa; siempre son funcionarios, es decir, el último eslabón de la escala filogenética. No sé qué le contesté, bueno, sí, algo sobre la vacuna; María me dijo que el tipo había cambiado de color y que se había ido temblando. ¡Pobre gente!
¡Qué mundo éste, por Dios!
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