Un día, no hace mucho, estaban unos diputados en el parlamento de una gran nación debatiendo -por llamarlo de alguna forma- sobre el cambio climático. Habían convocado a unos científicos de renombre para dar solemnidad y resonancia al evento. En un momento dado, uno de los científicos, cansado sin duda de oír tonterías, empezó a preguntar a los diputados: ¿cuál es la proporción de CO2 en el aire? Uno dijo que 7%, otro que 3%, otro que 5... y así todos, a voleo. Pues están ustedes discutiendo sobre un asunto del que no tienen idea, les espetó el científico; es un 0,035%; las variaciones a lo largo de la historia se miden en centésimas porcentuales y su aumento se ha traducido siempre en aumento de masa forestal. Esto es solo una anécdota que no sé hasta qué punto puede ser significativa; a mí, desde luego, me lo parece y por eso es que me cague encima de eso que llaman soberanía popular con sus representantes y toda la parafernalia.
Sí, la parafernalia de la democracia. El otro día estuve escuchando una entrevista que alguien le hizo a Julio Iglesias en aquellos años en los que circular por las calles con El País bien visible debajo del brazo era una especie de salvoconducto. ¿Quién se hubiese atrevido a pasear por el Retiro un domingo por la mañana exhibiendo el ABC? Pues bien, la democracia consiste en que, por cada entrevista que le hacen a Julio Iglesias, le hacen cien, o mil, a Serrat. ¿Por qué será? Pues juzguen ustedes:
—Usted es de derechas, dice la entrevistadora.
—Qué cosas dice, contesta Julio entre risas. Lo de izquierda, derecha, es un cuento chino.
—Entonces no cree en la democracia... la igualdad... balbucea la entrevistadora, visiblemente descolocada.
—La igualdad es una quimera. Cada uno nace en una casa, acomodada o pobre. Eres guapo o feo, listo o tonto. Las diferencias vienen de fábrica... y la democracia... España es un país de servicios y lo que necesita es gestores competentes.
—Entonces, usted... sigue balbuceando la entrevistadora.
—Mire usted, aquí lo que hace falta es estar bien y aprovechar todos los recursos que se te ofrecen para aprender todo lo que se pueda, concluye Julio.
Un mal chico este Julio. Hay que desprestigiarle por todos los medios al alcance de la soberanía popular.
Cuántas veces no habré dejado perplejo a mi entorno confesando mi admiración por Julio Iglesias. Porque este ha sido, y me temo que sigue siendo, el siniestro proceder de la soberanía popular: juzgar la calidad de lo que hacen las personas por la ideología que se le supone tener. Así de infantil es la soberanía y ¡qué le vamos a hacer!
Así son las cosas; soy de una generación que ha demonizado a Julio Iglesias con el mismo entusiasmo que santificó al Che Guevara o a Fidel Castro. Me parece a mí que si tuviésemos un mínimo de dignidad correríamos a buscar un acantilado para arrojarnos... pero, no, todavía andamos por ahí dando lecciones. Lo mismo que hacen esos diputados que legislan sobre el cambio climático sin tener ni puta idea de lo que están hablando.
Soberanía popular, así llaman ahora a la ignorancia institucionalizada.
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