lunes, 1 de septiembre de 2025

El maligno

Nunca había visto yo a la gente tan entretenida como lo está ahora con la caza del villano. Y es que hacía ya mucho tiempo que no nos lo habían puesto tan a güevo. El tal Pedro Sánchez, Pedrito como le dicen algunos, o el Sr. Maduro que no acaba de caer -recuerdo cuando se decía: caerá como una fruta madura- han pasado a ser la representación genuina del mal que se escurre, como en su día fuera Moriarti, o Fumanchú, o los doctores Caligari o Mabuse, o, ya puestos, el mismísimo vampiro de Duseldorf, por no hablar, ya, para cerrar la lista, de Melmot el Errabundo. 

El mal, evidentemente, está siempre ahí acechando para ver por dónde nos puede entrar mejor. Y la cuestión es esa, que se nos cuela con una facilidad estremecedora sin que, al parecer, nada podamos hacer para evitarlo. Y es que, siempre, por definición, nos pesca desprevenidos. Por eso hay que desconfiar cuando tenemos la sensación de que le tenemos acorralado, porque lo más probable es que lo que andamos persiguiendo no sea más que un señuelo que nos ha puesto el verdadero mal para tenernos distraídos y así poder actuar a sus anchas. 

Sí, ¿quién que tenga dos dedos de frente puede poner en duda el que Pedrito, o Maduro, son unos mafiosos impresentables? Pero si nos paramos un poco a considerarlo tendremos que concluir que el verdadero mal es el sistema que permite que semejantes personajes hayan llegado a donde están. ¿Qué sistema es éste por el que nos regimos? ¿Acaso lo sabemos? ¿Quién mueve los hilos?... si es que los mueve alguien, porque aquí sí que podemos ser ridículamente conspiranoicos. 

El problema, me parece a mí, es que no sabemos de la misa la media. Nos pasamos media vida buscando a los culpables de nuestras desdichas por la sencilla razón de que no soportamos reconocer nuestra propia necedad. La realidad, por lo menos en lo que a mí hace, es que me pasé la vida cayendo en todas las tentaciones que me ponía el maligno; seguramente fue así porque no me soportaba y todo lo que me sirviese para huir de mí mismo me servía. Estaba tan desesperado que no me paraba ni poco ni mucho a considerar los pros y los contras. Digamos que padecía de carencias estructurales... seguramente como la inmensa mayoría de las personas, que no por otra causa puede ser que el mundo esté como está, siempre al borde del abismo. 

Pues sí, ahí están Maduro, Sánchez y muchos más malandrines, haciendo de las suyas, pero cada vez estoy más convencido de que todos esos impresentables desaparecerían como por arte de magia el día que yo y todos mis amigos dejásemos de hacer necedades. Sí, señoras y señores, esa es la cuestión, dejar o no dejar de hacer necedades... muy difícil en cualquier caso porque ya se las arregla el maligno para hacernos pensar que estamos siendo inteligentes cuando las estamos haciendo. El maligno, siempre el maligno...

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