Considerado desde la distancia, uno cae en la cuenta de que aquello de la dictadura no fue tan malo como nos hicieron creer. Ni mucho menos. Lo he recordado hoy al recibir un enlace a una recopilación de citas de Séneca. ¿Cómo no estar de acuerdo con todas y cada una de ellas si uno fue educado a sus pechos? Hasta en aquella incipiente televisión de los años sesenta nos pusieron una serie de título Seneca con guion de Pemán -otro autor que, estoy seguro, algún día se recuperará-. Las cartas a Lucilio, Sobre la brevedad de la vida, De la ira, son libros que lees, cuando ya eres mayor, como quién da un paseo por el campo en primavera. Nada te desmiente porque ya se encargó de desmentirte la vida; solo encuentras en ellos confirmación a lo que ya son tus convicciones.
Sí, en aquella época nos educaron para el estoicismo. Por eso, quizá, fue que lo pasé tan mal cuando, con la llegada de la opulencia, me creí en la necesidad de disfrutar de las cosas superfluas. Al respecto, nunca obtuve resultados que mereciesen la pena y, francamente, no creo que nadie los obtenga por más que se obstine en aparentarlo. No tardé mucho en darme cuenta de que el hedonismo es la más pesada carga que se puede echar uno sobre los hombros.
Sí, aquel régimen que dicen dictatorial, en realidad, por lo menos en sus inicios, fue bastante aristocrático. Por eso nos educaban a todos en la austeridad y el sacrificio que es como siempre educaron los aristócratas a sus hijos. A la espartana manera, para que nos entendamos. Después, cuando la plebe empezó a tener dinerillo, el régimen comenzó a descomponerse, porque es seña de identidad de los plebeyos dar a sus hijos lo que ellos no pudieron tener, lo cual, irremisiblemente, conduce al hedonismo, lo que, en realidad, no es otra cosa que la muerte en vida... no hay más que mirar alrededor para comprobarlo.
A dios gracias, uno siempre tiende a retornar a los orígenes y por eso supongo que fue que, el sofocón hedonista al que sucumbí en los albores de la opulencia, me durase poco; merced a mis raíces estoicas no me costó mucho dar con el portillo del caer en la cuenta y saltar por él. ¡Menudo peso me quité de encima!
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