lunes, 15 de abril de 2024

Demonacte

Seguramente, si citas a Demonacte, pocos sabrán de qué va el asunto. Sin embargo, pienso que bien merece la pena echar un vistazo a la biografía que le hizo Luciano. Supongo que la mayoría tampoco sabrán quién fue Luciano de Samósata, y no por ello van a ser menos, pero sí les puedo asegurar que si se parasen un rato a leer su obra no lo iban a lamentar. Sin duda se enterarían de lo que es la ironía, ese refinamiento espiritual reservado a unos pocos elegidos.

Luciano iba para escultor. Intentó aprender el oficio en el taller de su tío, pero pronto se dio cuenta de que lo que le molaba era filosofar, así que se puso a estudiar filosofía con unos y con otros, que por toda la Grecia del siglo II del Imperio si de algo había era filósofos. Luciano no tardó en destacar y se convirtió en un conferenciante muy solicitado. Y así fue que no paró de viajar de aquí para allá hasta que se asentó por una larga temporada en Atenas. Atenas, por entonces, era una ciudad como hoy puede ser Salamanca, Oxford o Cambridge, o sea, una Meca para estudiantes y turistas. Porque no se crean que esto del turismo va de siglo XX. No, ni mucho menos. Siempre que ha existido un largo periodo de estabilidad política han surgido las clases medias y, con ellas, el ocio que es la madre de todas las angustias existenciales que, como supongo todos ustedes conocen por la propia experiencia, tienden a buscar alivio en la imposible huida de uno mismo. Pocas medicinas producen la ilusión de haber conseguido esa huida como la práctica del turismo. 

Pues en esa Atenas llena de estudiantes y turistas es donde Luciano escribió casi toda su obra. En general es una obra de corte sofista. Es decir, que no hay nada que no puedas demostrar, o defender, si tienes el suficiente ingenio para darle la vuelta a las ideas sin que se note a primera vista. Así es como escribió su "Elogio de la mosca", un disparate de lo más serio. 

Pero a lo que iba, que me he ido por los cerros, es a la vida de Demonacte. Nacido en un ambiente de negociantes acomodados, pronto se dio cuenta de que se quería dedicar a la filosofía. Y por eso fue que abandono los negocios familiares y se dedicó a pasar por todas las escuelas filosóficas que a la sazón se disputaban la clientela estudiantil. De aquel diletantismo salió un ecléctico, o sea, que tomó lo que le consideró lo mejor de cada una, de tal manera que lo mismo parecía ser Sócrates para unas cosas que Diógenes para otras. Pero no solía echar mano de la ironía como hacía el uno ni del exhibicionismo como el otro. Más bien usaba el humor como herramienta de trabajo. Su mayor bien era la independencia para poder hacer y decir lo que le viniese en gana. Que por ello fue que el pueblo llano llegase a odiarle, como siempre hace con los que al salirse de lo establecido se convierten en un espejo en el que al mirarse uno se ve feo. O estúpido. Preguntado por la manera de alcanzar la felicidad, dijo que la única que él conocía era no tener esperanzas ni temores. En fin, las anécdotas curiosas por pedagógicas que se recuerdan de él son muchas. En resumidas cuentas, un tipo que supo cuidarse, tanto en lo físico como en lo espiritual y que, quizá por ello, llego a centenario. Cuando se dio cuenta de que ya no era autosuficiente, recitó a las personas que se hallaban con él los versos que decían los heraldos cuando se clausuraban los Juegos:

                "Termino ya el certamen que concede

                 los más hermosos premios, y ya es hora

                 de no más demorarse".

Después, dejó de ingerir alimentos y se dispuso a morir sin malos rollos. Cuando le preguntaron que era lo que disponía para su entierro, contestó: "No os preocupéis; el hedor me enterrará"

1 comentario:

  1. A Luciano no lo conocen ya ni los estudiantes de Clásicas, que no lo leen a lo largo de su carrera. Es una pena de verdad... Creo que tú eres la única persona que conozco que lo haya leído.

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