martes, 9 de abril de 2024

Laura

Siguiendo con mi periplo barojiano, ahora ando con Laura, una novela de madurez que publicó en Buenos Aires el año cuarenta, o sea, recién acabada la guerra. No he leído todavía muchas páginas, pero se hace ya evidente que Laura es un ideal de mujer para Baroja. Aparentemente frágil, discreta y cultivada, estudia medicina en San Carlos. Andan por entonces los días que precedieron a aquello que unos llamaron alzamiento nacional y otros rebelión fascista. Por debajo de la normalidad del ambiente que rodea a Laura, los detalles que adornan el relato dejan patente que se está mascando la tragedia. Digamos que es una sociedad enferma de ideología. Solo Laura parece salvarse. 

La ideología, sin la menor duda, es una enfermedad del espíritu, peligrosa donde las haya. Gente convencida de que sabe cómo tienen que ser las cosas, no las importantes, sino, sobre todo, las superfluas. No hay más que ver como tiene la gente las casas para darse cuenta de lugar que lo superfluo ocupa en sus vidas. Lo superfluo es, en todas sus acepciones, el cáncer que arruina la vida bajo la capa de alegrarla. 

Ya les iré contando acerca de Laura. Ahora lo que me intriga es ese mascarse la tragedia que tan magistralmente está descrito en la novela. Esa epidemia de ideología que es como la confusión de las lenguas cuando lo de la Torre de Babel. Los extremos, comunistas y fascistas, que se tocan y saltan chispas, precisamente porque las dos ideologías son lo mismo, es decir, que las dos se sustentan en la idea de que quitar cualquier atisbo de libertad al individuo es la solución a todos los problemas... una verdadera imbecilidad que ya hemos visto, y seguimos viendo, el tirón que tiene entre los faltos de cacumen. 

Y ahí reside la enjundia de todo este Cafarnaú, en que los con poco cacumen no quieren oír hablar de cuentas porque, como se decía antiguamente, son de letras. Y esa es la tragedia que sin saber llevar las cuentas nada funciona. No otro es el mensaje de Milei: dejadme cuadrar las cuentas y todo lo demás se nos dará por añadidura. No hay ni puede haber otra ideología que cuadrar las cuentas. Cuando se dejan de cuadrar hay que inventarse mil mentiras para despistar al acreedor. Pero, ya lo dice el refrán, que antes se coge al mentiroso que a un cojo... que es en lo que estamos. 

1 comentario:

  1. Yo conozco a gente que tiene recetas para todo: los idiomas hay que aprenderlos así —y solo así—, a los hijos solo se les puede educar así y no de otra manera, uno debe casarse solo cuando siente esto y no cuando siente otra cosa... son gente que quizá han leído mucho y quizá han vivido mucho, pero su pensamiento se ha anquilosado, metiéndose en una especie de caverna ideológica de recetas fosilizadas para todo, a través de la que solo ven una porción del cielo y eso están convencidos que es la realidad.
    Lo mismo son todas las ideologías: te pones un traje ya confeccionado y no te preocupas de más, porque el ir al sastre, tomarte medidas, etc. es una cosa de lo más pesada... y no digamos hacerte el traje tú.
    No sé por qué será, pero el pensar —como el escuchar música— es una de las actividades, seguramente, menos practicadas por los humanos. Si es verdad eso de "Pienso, luego existo", la mayor de parte de la gente serán muertos vivientes.
    Por supuesto, la ideología del prêt-à-porter te libra del trabajo cansino de pensar, de cambiar, de evolucionar, de enfrentarte a ti mismo y de admitir todo lo que te engañas. Con lo poco que nos va a a los humanos eso...

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