domingo, 26 de enero de 2025

Antología griega

 


Si alguien me hiciese esa pregunta estúpida que a veces hace el entrevistador al entrevistado: ¿qué libro se llevaría usted a una isla desierta? Le contestaría: el que siempre me he llevado, porque casi toda la vida he estado en ese sitio que usted dice. Concretamente el que les enseño en la foto. Ya, al pobre, apenas le puedo sacar de casa, porque se deshace por el camino. Se le caen las hojas. Es lo que tiene el exceso de manoseo. 

Cuando compré ese libro andaba en plena crisis existencial. Recién había llegado a la cuarentena a la vez que había roto con buena parte de mi pasado. Había vivido hasta entonces con esa soberbia de mancebo que dice San Agustín, lo que vendría a ser una ignorancia absoluta respecto de la existencia de los dioses que rigen nuestro devenir. Así fue que ese libro supuso para mí una revelación liberadora porque toda la literatura griega está impregnada de la relación del hombre con lo divino, es decir, la conciencia permanente de nuestra insignificancia frente al capricho de los dioses. 

La adquisición de esa conciencia lo marca todo en nuestras vidas. Su progresiva adquisición es lo que se llama madurar.
Madurar: ir perdiendo la certeza de la verdad que posees, que te lleva a hablar con liviandad y fervor de mancebo de cosas dudosas como si fuesen averiguadas. Es decir, madurar es sumergirse en el escepticismo. O el distanciamiento si mejor quieren, esa incapacidad que creas en los demás de sentir contigo. 

Madurar, escepticismo, distanciamiento, soledad. Decía Pessoa: "Todavía no he conseguido no sufrir con mi soledad. Tan difícil es conseguir esa distinción del espíritu que permite al aislamiento ser un reposo sin angustia." Claro que Pessoa era todavía muy joven cuando escribió eso. Seguramente, si hubiese llegado a viejo...  

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