El futuro, por definición, es incierto, lo cual trae aparejado un cierto grado de inquietud. Esa inquietud es lo que dio lugar, desde la noche de los tiempos, a la profesión de los augures. El mundo siempre ha estado lleno de augures. En realidad, augures aficionados lo somos todos, aunque los hay que, por su especial caradura o incontinencia verbal, adquieren la categoría de profesionales. Son gente que, para despistar, se colocan el título de expertos en geopolítica, o cosa por el estilo, y el personal les escucha con la esperanza de que les ayuden a calmar sus inquietudes con respecto a lo por venir. Como se suele decir, de ilusión también se vive.
Da igual que, también desde la noche de los tiempos, los más sabios nos hayan explicado que la única manera que tenemos de aliviar las inquietudes del futuro es vivir ocupados conforme a las leyes no escritas del cielo. Es el ocio, adobado por los remordimientos de la conciencia, lo que nos impide vivir el presente. "No estamos nunca en nuestra época; estamos siempre más allá. El temor, el deseo, la esperanza, nos lanzan al porvenir y nos sustraen el sentimiento y la consideración de lo que es..."
Sin embargo, por muy incierto que sea el futuro y por muy ocupados que estemos, hay épocas de la vida, o de la historia, en las que las circunstancias dominantes hacen que la mosca que siempre tenemos detrás de la oreja se ponga rabiosa. Es el caso presente en el que estamos viendo desmoronarse el mito marxista que dominó el mundo el último siglo, a la vez que aparece en lontananza su sustituto, otro mito de contornos todavía mal definidos. Y de ahí que haya tal profusión de augures tratando de predecir esos contornos.
Lo que tenga que ser, será, lo cual no quita para que los que nos hemos sentido incómodos con el mito marxista, veamos ahora con agrado su desmorone por más que lo que viene pueda perjudicar nuestros intereses... porque nunca se sabe lo que puede pasar cuando cambian las tornas, que no por otra cuestión es que la sabiduría popular inventase aquello de lo malo conocido que lo bueno por conocer.
En fin, da la impresión de que ya comenzó la gran degringolade: ayer fue Justin Trudeau el que cayó rodando, mañana Dios dirá... hay un montón de candidatos.
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