(Es más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada)
Dicen que lo dijo Mark Twain, uno de los mitos literarios de mi tardía infancia. Lo podría haber dicho cualquiera con mínimas dotes de observación de la conducta humana. Somos así, necios hasta reventar. Aunque también es verdad que unos lo son más que otros porque así lo ha querido el Señor. ¡Y qué le vamos a hacer!
En cualquier caso, los que no quieren aceptar que han sido engañados, cada día que pasa, tienen más difícil lo de mantenerse en sus trece, el número de la mala suerte. Resulta que, ahora, van unos doctores japoneses, concretamente, Masanori Fukushima, Takayuki Kikuchi, Hisayo Morioka, los tres del Learning Health Society Institute, Nagoya, y el doctor Eiji Nakatani, del Shizuoka General Hospital, Shizuoka, y publican un paper en el que muestran los resultados obtenidos al comparar el comportamiento ante las infecciones víricas de dos grupos diferenciados de personas: unos vacunados y otros no vacunados. Pues bien, la diferencia es clara. Los vacunados tienen el doble de probabilidades de agarrar una infección vírica. Y cuantas más vacunas se han puesto, más probabilidades.
Bueno, a ver que milonga nos inventamos ahora para desprestigiar a estos doctores japoneses que no han hecho otra cosa que confirmar lo que ya sabía cualquiera que haya querido mirar a la verdad de frente. Porque por mucho que nos obstinemos en mirar para otro lado, de hace cuatro años para acá el mundo está dividido en dos tipos de personas, las que pasaron por el aro de la inoculación y las que no pasaron. Interprétenlo como quieran que por eso los hechos -facts- no van a cambiar. Ya ven que fácil es para los políticos dividir para vencer. Recuerden las cosas tan feas que se llegaron a decir de los que no pasaron por el aro. Eso no se va de las conciencias por las buenas. Para que así fuese sería necesario hacer aquello que proponía el Padre Astete: confesión de boca, contrición de corazón, propósito de la enmienda y, last but not less, la debida penitencia. ¡Ay, la penitencia! Doblemente dolorosa cuando el afectado es el amor propio, ese sentimiento que, al decir de Erasmo de Rotterdam, es la clave de bóveda de la necedad.
Hay una doctora australiana, iyah May, joven, guapa y, sobre todo, inteligente, que, después de vivir en primera línea del frente la dichosa falsemia, decidió dedicarse a la música pop. Pues bien, acaba de publicar una canción, Karmageddon, que le ha costado perder el contrato con la empresa que la promocionaba -sigue la censura-. No importa, a más censura, mayor difusión. iyah, así, con minúscula, porque, al parecer, ha llegado a la conclusión de que los nombres propios ya no se merecen la mayúscula, iyah, digo, es un claro exponente de aquello que un día ya lejano llamamos canción protesta. Lo que pasa es que iyah no la utiliza, como en aquel lejano entonces, para propalar la utopía marxista, ahora lo que toca es cantar al nihilismo imperante para que nos hagamos conscientes de él. Sí, Karmageddon, de karma y Armageddom: la sucesión de causas y efectos que nos llevan a la traca final ¡todo a la mierda!

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