Sostenía Santi esta mañana que los griegos son indoeuropeos inoculados con el virus semítico de la especulación. Es una teoría muy aventurada, pero no por eso menos interesante e, incluso, plausible, por decirlo con el término inglés que expresa la calidad que tiene una idea tanto de razonable como de probable.
Sea como sea, de aquellas tribus nómadas de semitas arábigos que se asentaron en lo que se conoce como Creciente Fértil (Éufrates y Tigris) es de donde empiezan a salir, 1500 años antes de Homero, las letras, los números -incluso ya sabían lo que luego se conoció como el teorema de Pitágoras- y el primer poema épico, Gilgamesh, que, curiosamente, es una bajada a los infiernos... los infiernos de la razón.
Es probable que el Creciente Fértil no tardase en estar superpoblado y necesitase expulsar a parte de su población hacia otros valles regados. Algunos se asentaron en las orillas del Jordán, los que luego se conocieron como judíos. Desde el principio se diferenciaron de sus vecinos por la menos tolerada de todas las diferenciaciones, la superioridad intelectual. Han pasado ya casi tres mil años y ahí está su producción sin haber perdido un ápice de su valor. Millones de personas de todo el mundo recurren a ella a diario en busca de sosiego e inspiración.
Pues bien, seguimos especulando, los griegos -indoeuropeos- que se asentaron en las orillas más orientales del Mediterráneo, chuparon de la cultura semítica y, por alguna extraña circunstancia, prendió en ellos con una fuerza sorprendente. Sus frutos son de sobra conocidos: nada de lo que hay hoy día en el mundo se puede entender sin ellos. Sin el método axiomático que nos legaron, nada hubiera sido posible. Un método que, por cierto, se resiste a ser comprendido por el hombre masa -que nadie entre aquí si no sabe matemáticas-.
Concluíamos nuestra reflexión mañanera aplicándole Hitler la condición de indoeuropeo no evolucionado y, por tal, incapaz de bajar, como Gilgamesh, a los infiernos de la razón -del método axiomático-. Así es como se entiende su odio por los judíos; el odio infantil hacia lo que admiras y no puedes alcanzar.
En fin, uno nunca dejará de especular acerca de los posibles porqués de que los judíos sigan estando -y cada vez más- en ojo del huracán.
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