Como pasear por los muelles los días que sopla del sur es imposible, ayer, que soplaba de lo lindo, dirigimos nuestros pasos hacia las calles traseras de la ciudad. Nunca había visto cosa igual. Yo creo que hasta los muertos del cementerio estaban por allí. No se podía dar un paso. Todo abarrotado. Bares, tiendas, se diría que lo regalaban. Y luego que no hay un solo espacio público en el que el ayuntamiento no haya colocado un cachivache dedicado al disfrute de los niños... previo pago de sus padres, claro está.
Yo no sé, porque dicen que la cosa anda muy chunga, pero que venga Dios y lo explique. El dinero cambia de manos a una velocidad prodigiosa y se diría que no se pega a ninguna. La verdad es que la impresión que da es que todo esto es cualquier cosa menos sostenible, por utilizar la palabra tan de moda entre los políticos. Por contra, parece como si la gente estuviese jugando a "el último maricón". O, como si el mundo se fuese a acabar y por tanto no tuviese sentido el ahorro.
Porque todo esto va, fundamentalmente, de negarle una oportunidad al ahorro. En eso ha consistido toda la política de los últimos cien años en occidente. En evitar a toda costa que las personas piensen en el mañana o, dicho de otra manera, se vuelvan hacia sí mismos y se pongan a reflexionar. Esta chupado: cuatro horas de televisión para empaparse de doctrina y otras cuatro de barra de bar para soltar lo aprendido... en resumen, que aquí hemos venido a divertirnos porque después de esto no hay nada. Nihilismo en vena.
La rebelión de las masas que decía Ortega. Pues va a ser que no. Hubiese estado mucho más acertado, pienso yo ahora, si hubiese escrito sobre la docilidad de las masas. ¿A ustedes qué les parece? En cualquier caso, no me negarán que todo esto cualquier cosa menos sostenible. Lo docilidad es el fin del civilización porque es la muerte en vida... como les decía, los que paseaban ayer por la ciudad eran indistinguibles de los muertos del cementerio. En fin, puntos de vista.
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