jueves, 9 de enero de 2025

Temor de Dios

Abro un vídeo de Alexandra Whittinghan interpretando el Capricho Catalán de Albéniz. Es una pieza que me retrotrae a lo mejor de mis años catalanes, cuando vivía encaramado en un ático de la calle Lauria. Pues bien, antes de empezar a darme el gusto me tengo que tragar el anuncio de "compramos tu coche". Bien es verdad que a los cuatro o cinco segundos de empezar aparece la señal de "saltar", clicas encima, y desaparece el anuncio. Luego me voy a Matemáticas con Juan y esta vez aparece un payo de una oenegé diciendo que "no podemos consentir que se sigan vendiendo armas a los actores del conflicto". De ahí nunca le dejo pasar, aunque a esas alturas del anuncio ya he empezado a pensar que quién se creerá que es ese tipo para no consentir el comercio de armas. En fin, en resumidas cuentas, que si estas plataformas de internet fuesen tan listas como presumen ser, sabrían que no tengo coche y que estoy a favor de la libre posesión de armas... dado la cual, no desperdiciarían sus recursos con anuncios que van a caer en saco roto. 

El caso es que la plataforma de internet que me machaca con sus anuncios me da la opción de pagar un par de euros al mes para verme libre de la molestia. Decididamente, no me interesa. Ya tengo bastantes anclajes en el sistema: el agua, la luz, el gas, el teléfono, los seguros, el IBI... ¡uf! Si volviese a nacer, lo tengo claro: una caseta con huerto en medio de la nada, una guitarra, media docena de libros, papel y lápiz. El mínimo necesario para sobrevivir lo sacaría yendo a la ciudad de vez en cuando a tocar en cualquier calle concurrida o a pedir a la puerta de un supermercado. 

Es lo que tiene el haber llegado a muy viejo, que, como el que no quiere la cosa, das en pensar que la inmensa mayoría de lo que hiciste en la vida no solo no mereció la pena, sino que fue causa de grandes pesadumbres que todavía no se extinguen. Porque esa es otra de las maldiciones que arrastramos los humanos, que la conciencia de uno mismo puede hacerse insoportable a nada que las hormonas que condicionan el estado de ánimo no fluyan en la dirección correcta. 

A la postre, me digo, ¡qué necio fui en no haber tenido más temor de Dios! Porque esa es la verdadera sabiduría. Ahora lo comprendo. 

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