"No soy de aquí, ni soy de allá", es una bella canción de Facundo Cabral.
"Me gusta estar tirado siempre en la arena
Y en bicicleta perseguir a Manuela
Y todo el tiempo para ver las estrellas
Con la María en el trigal"
Y todo el tiempo para ver las estrellas
Con la María en el trigal"
En realidad, a Francisco Cabral, al que se le ha calificado de todo lo habido y por haber, como mejor se le podría definir es como heredero directo de la Escuela de Salamanca.
La Escuela de Salamanca, siglo XVI, digamos que es el momento álgido de la evolución del ser humano. A partir de ahí, empezó la involución, pero, indudablemente, el que tuvo retuvo. Pasé unos años en esa ciudad cuando mi edad rondaba el medio siglo y puedo jurar que aquellos fueron los años más fructíferos de mi vida. Allí fue un puro experimentar y contrastar ideas con gente que, por más variopinta que fuera, tenía el denominador común del gusto por estar hasta altas horas de la madrugada polemizando sobre todo lo humano y lo divino.
El ideario de la Escuela de Salamanca es simple y contundente: "libre circulación de personas, ideas y bienes". Nadie tiene derecho a impedir ir al sitio donde se sabe que hay pan a una persona que pasa hambre. Por eso las fronteras de todo tipo es algo que va contra las leyes no escritas del cielo.
De hecho, en estos años postreros de la vida, mi principal sostén espiritual es herencia de aquellos años salmantinos. Son amigos que andan desparramados por los confines del mundo sin por ello perder un ápice de su esencia primigenia: seguir dándole al coco hasta el último suspiro. ¡Que Dios me los conserve!

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