domingo, 12 de enero de 2025

El hermano tonto

Es curioso, porque Prometeo tenía un hermano que se llamaba Epimeteo. O sea, etimológicamente hablando, el que reflexiona con anticipación y el que lo hace a toro pasado. El listo y el tonto, para simplificar. Suele pasar entre hermanos: lo que uno gana el otro lo pierde. Si Epimeteo no hubiese abierto la caja de Pandora los males no se hubieran difundido por el mundo y el triunfo de Prometeo hubiera sido total. El fuego robado a los dioses, entonces, hubiera sido fuente de felicidad sin contrapartidas. Pero fue como fue porque así lo tenían dispuesto los dioses por las razones que sean que, nosotros, los humanos, solo podemos conjeturar. Quizá porque una vida sin el auxilio de los males que nos acechan por todos los lados ni siquiera la sentiríamos. La felicidad perpetua es lo mismo que estar muerto. 

Me estaba acordando de estas cosas porque por vías diferentes me ha llegado un vídeo en el que se ve al hermano tonto del presidente del gobierno, que es el listo, declarando ante un juez. ¡Vive Dios, que el tipo juega a la perfección su papel de Epimeteo! ¡Más tonto y no nace! Toda la pasta que el presidente ha robado a los españoles, se le va a atragantar, ahora, por culpa de su hermano. Claro, los hermanos, cuando son todos listos, se pueden hasta odiar, pero cuando hay entre ellos grandes diferencias de intelecto se suelen crear lazos afectivos autodestructivos. ¿De qué otra manera, si no, se puede entender que el listo deje campar por sus respetos al tonto? 

Y en este tipo de historias parece que anda ocupada ahora la patria. Historias para chachas. Ya saben que a las chachas les encanta que las historias tengan un final no solo bonito, sino previsible -recuerden la de millones de veces que se ha recreado el mito de La Cenicienta y sigue con su tirón intacto-. Que Sánchez se va a hundir con todo el equipo, il va de soi. Sería contravenir las leyes de la naturaleza que fuese de otra manera. Por eso millones de españoles esperan ansiosos un final que se considera inevitable pero que no acaba de llegar, precisamente, por todo lo que se desea.

En fin, uno ya no sabe si exclamar ¡qué país! -el que nos ha tocado en suerte- o ¡qué mundo! Personalmente me decanto por lo segundo; al fin y al cabo, si hay un mito universal, ese es el de Prometeo y su hermano tonto. De hecho, me parece que todos somos los dos en uno: robamos el conocimiento a los dioses y luego lo utilizamos para quemarnos la existencia.  

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