Aquella canción de Bob Dylan en la que se afirmaba que los tiempos están cambiando lo que en realidad vendría a ser es un pleonasmo. Porque, si no ando equivocado, la noción de tiempo lo que significa es cambio. Si no hubiese cambio no lo percibiríamos. Desde que tengo uso de razón vengo escuchando la misma monserga de que los tiempos están cambiando. ¡Pues claro, hombre, como podría ser de otra manera! Antes viajábamos en burro y ahora lo hacemos en coche. Parece que llegamos algo más lejos, pero lo que cuenta es que sigue siendo el viaje dentro de uno mismo.
Ahora, para no ser menos, seguimos dándole a la matraca: que si la inteligencia artificial, que si Trump, que si patatín y patatán. Lo mismo de siempre: seguimos viajando dentro de nosotros mismos, es decir, envejecemos. Y vemos las cosas de otra manera porque la experiencia nunca es en vano. La experiencia que, en su inmensa mayoría, viene a ser decepción y, de no ser así, que los dioses se apiaden de ti.
Yo diría que la decepción es el camino de la libertad. Cuanto más te decepcionas más libre eres. Porque esa es la gran verdad de la vida, que la inmensa mayoría de lo que hacemos no son más que burdos trucos para intentar escapar por un rato de nosotros mismos. Sin conseguirlo, por supuesto, porque lo burdo nunca funciona.
Esa es la cuestión, que solo parece funcionar lo sofisticado. Lo de la canción de John Prine que les transcribía ayer: ir al cielo a estrechar la mano a Dios y luego agarrar una guitarra. Hay que haber renunciado antes a muchas imbecilidades para poder llegar a eso.
En fin, como le dijo Solón a aquel que estaba muy ufano por todo lo que poseía: hasta el final no digas nada. Porque las cosas se pueden torcer. Pero menos probabilidades de torcerse tendrán cuantas menos sean. O, dicho de otra manera, a cuantas más hayas renunciado: ese es el viaje de la vida, decepción y renuncia... el viaje hacia la libertad individual, el único viaje que conozco.
¡Uf, qué día tengo!
Muchas gracias Pedro.
ResponderEliminar