Siempre han circulado por el mundo millones de opiniones que, por haber caído en gracia, se repiten hasta la saciedad transformándose de este modo en convicciones. Una vez alcanzada tal condición, vete tú a apearla del burro. Claro, que caiga en gracia el hecho de beber tres cuartos de litro de vino en una comida es la cosa más fácil del mundo. Te levantas de la mesa con un bienestar indescriptible y te vas a la primera butaca que encuentras e inmediatamente caes en los brazos de Morfeo. ¿Quién de mi edad no tiene experiencia en esa materia? Afortunadamente, uno supo parar a tiempo; mucho antes, incluso, de que la convicción popular empezase a declinar por razones meramente prácticas. A medida que los tipos de trabajo fueron cambiando, el vino, más que una ayuda, se transformó en un lastre. No es lo mismo pasarse la tarde removiendo la tierra con un arado romano que hacerlo con un tractor. En cualquier caso, fuese el que fuera el tipo de trabajo al que se dedicase la persona, aquella convicción respecto del vino tenía sus nefastas consecuencias; los que trabajábamos en los hospitales hace cincuenta años nos cansamos de ver tanto los delirium tremens como los vómitos de sangre por varices esofágicas, dos entidades patológicas a cual más aparatosa.
Al ser humano, entre otros muchos calificativos, se le ha aplicado el de ser un "animal de costumbres". Casi todo lo que hacemos no tiene otra justificación que la de que es una costumbre. Nunca nos preguntamos por el origen o calidad de esa costumbre porque, sencillamente, somos unos ignorantes por vagos. Si hubiésemos hecho algo tan elemental como leer, siquiera mínimamente, a Aristóteles, sabríamos de sobra que la tarea más importante que tiene un ser humano es la de preguntare por el porqué de lo que hace. De hecho, la mayoría de las costumbres duran porque casi nadie lee a Aristóteles. Porque si la gente se preguntase por el porqué de lo que hace casi todas las costumbres se desvanecerían por nefastas; hay que tener en cuenta que la mayoría llegaron a tal condición propulsadas más por el vicio que por la virtud.
Al respecto de las nefastas consecuencias de las costumbres tiene el Dr. Vernon Coleman un libro que hace un somero recuento de prácticas médicas fundamentadas en la tradición que han sido la causa eficiente de millones de muertes y todo tipo de sufrimientos. Los doctores transitan por los pasillos de los hospitales llevando en bandolera un paquete de verdades a las que se les da la categoría de científicas y, por tal, incuestionables. La inmensa mayoría tienen el mismo fundamento que el Anís del Mono que es el mejor porque lo dice la ciencia y yo no miento. Se ignora, porque así se vive mejor, que la medicina no puede ser una ciencia por razones obvias: no hay matemáticas que puedan abarcar tan infinito número de variables; lo más que se puede hacer es recurrir a la estadística, o sea, intentos de aproximación. Resumiendo, les cuento lo de las costumbres médicas porque son las que conozco de primera mano y por pensar que tienen un gran valor simbólico respecto de las costumbres en general. Del no cuestionamiento continuo de su pertinencia es de donde se derivan la mayoría de los males del mundo... porque, como les decía, a la mayoría de las costumbres, o convicciones, no la ha apuntalado la virtud, sino el vicio: il va de soi.

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