martes, 25 de febrero de 2025

Docta ignorancia

Decíamos ayer, parafraseando a la Zambrano, que, ante el fracaso que es toda vida humana -inevitable y rotundo, añadiría yo- el filósofo y el poeta reaccionan de formas antagónicas. El uno busca y cree haber encontrado fórmulas para remediarlo y el otro se limita a analizarlo y, acaso, hundirse en él con regodeo. 

Así es que estamos como estamos, porque es mucho más fácil ser filósofo que poeta. Y es que, como dice Larra, a nada que estés mal tratas de solucionarlo encasquetándote una filosofía, que viene a ser como el bisoñé que se encasqueta el calvo, o sea, dos formas similares, e igual de ridículas, de tratar de ocultar, sin éxito, a los demás, la inmensa laguna que dejó en ellos de llenar la madre naturaleza.  

Así que, si quieres ser poeta, es decir, no dedicarte a dar pol saco a los demás tratando de arreglarles lo que no tiene arreglo, lo primero que tienes que hacer es reconocer el irremediable fracaso que es tu propia vida y tratar de aprender a sobrellevarlo con una cierta elegancia. Esa tarea te llevará toda la vida, nos dice Pessoa. 

El problema de mundo es que por cada poeta hay mil filósofos. Así lo quiere la madre naturaleza y nada podemos contra ello. No por otra causa es que en un país como España el número de leyes por las que nos regimos se acercan a las cien mil. Y no se crean que es un chiste que les estoy contando, no, ni mucho menos, es una realidad que pesa sobre nosotros como una losa, ya que, como bien se encargan de recordarnos cada día los filósofos, el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento. ¡Agárrame esa mosca por el rabo! ¡Cien mil leyes, ya te digo!

Les diré todo esto de otra manera, recurriendo a algo que leí un día ya lejano: 

"..., y veía a Jesús que trabajaba al pie de la montaña mientras Lao-Tse ya había llegado a la cima; veía a un joven exaltado que quería cambiar el mundo y a un anciano que con resignación paseaba la mirada a su alrededor, tejiendo su eternidad con el retorno al origen. Veía a Jesús que, con sus rezos, conjuraba la realidad para que ocurriese un milagro, mientras Lao-Tse, en el libro del camino, se aferraba a las leyes de la naturaleza y adquiría con ello docta ignorancia. Bohumil Hrabal."


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