Giordano Bruno dijo, allá por el siglo XVI, que no es que la Tierra no fuese el centro del Universo, es que tampoco el Sol lo era. Él fue el primero que dijo que en el universo había infinitos planetas girando alrededor de infinitos soles. Como era de esperar tales afirmaciones pusieron de los nervios a los guardianes de la ortodoxia que no pararon hasta que le vieron consumirse en una hoguera. Y es que la idea de infinito siempre ha sido un problema muy inquietante para el ser humano. Los primeros, que se sepa, que dieron con el concepto, fueron los matemáticos griegos: se dieron cuenta de que había números que divididos entre sí nunca acababan de dar decimales. A esos números resultantes de la división los llamaron irracionales. Y es que, efectivamente, no cabía en la razón que hubiese algo que no tuviera límites. No cabía y sigue sin caber como tenemos oportunidad de comprobar cada día a nada que observemos la realidad a nuestro alrededor: el personal en general no soporta la idea de que no controla lo que le rodea... te pones a escuchar las conversaciones que tienen lugar en la barra de un bar y no te costará comprobar que están hechas a base de certezas.
En realidad, para qué nos vamos a engañar, nadie está libre de sustentarse en las certezas. Sin ellas, nos imaginamos, sería imposible vivir en sociedad. Por eso, cuando Moisés bajo del monte en donde había estado hablando con Dios traía bajo el brazo diez certezas sobre el bien y el mal, la más correosa de todas las ciencias. El caso es que, siguiendo el ejemplo de Moisés, ha habido y hay, y supongo que habrá por los siglos de los siglos, demasiada gente que sube el monte a hablar con Dios. Después, al bajar de allí con lo que sea debajo del brazo, montan, como hiciera Moisés, una religión. Una religión que no es otra cosa que poner límites a la realidad. Y así es cómo va evolucionando la humanidad, a golpe de caídas del caballo de las religiones cuando vas camino de Damasco, que vendría a ser la ciudad simbólica de la verdad imposible.
Por todo lo cual, pienso, pocas figuras como la de Giordano Bruno para comprender algo de lo que ha sido la historia de nuestra especie: un continuo quemar en la hoguera a los que cuestionan la verdad oficial. Y la chusma en general alimentando la hoguera con sus mondadientes usados porque le han dicho que así ganará indulgencia plenaria. ¿Acaso no fue eso lo que vimos hace cuatro escasos años? La Ciencia, decían, con mayúscula, para que pareciese Dios, o sea, incuestionable. ¡Pero qué zoquetes! Desde luego que, si por mi fuera, quitaría cantidad de las estatuas que hay en las ciudades y pondría una bien grande de Giordano Bruno en medio de la plaza principal.
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