Ando estos días muy liado con la música. Trato de recuperar el repertorio. Piezas que vas arrumbando, meses, años, de pronto te apetece retomarlas y a duras penas puedes balbucearlas. Pero, partitura mediante, en menos de media hora ya la tienes en el bote. Está ahí, en el desván de la memoria y solo la tienes que desempolvar.
Digo que la tengo en el bote, lo cual es mucho decir si te empiezas a comparar. Comprendí desde el primer día que me puse a ello que no estaba dotado. Fui a una escuela de postín y no necesité esforzarme para comprender que formaba parte del pelotón de los torpes. Pero, el que la sigue, algo consigue y, por otra parte, como bien es sabido, al que menos favorecen -los dioses- para menores trabajos le guardan. A mí, evidentemente, no me han guardado para ninguno y por eso es por lo que he podido convertir la música en mi vicio solitario preferido.
Así es que recuperar el choro Nº 1 de Villalobos o la sarabanda de Poulenc me llena de satisfacción. Lo mismo que tocar el Choclo de Villoldo o el Tico-Tico no Fubá de Zequinha de Abreu o el allegro solemne de La Catedral de Barrios Mangore, de una sentada, sin apenas un trastabilleo. Es un logro que me ha costado, como se suele decir, sangre, sudor y lagrimas, y por eso es que lo quiera tanto.
Son los logros, supongo, los que dan sosiego a la vejez. Miras por la ventana al atardecer y te identificas sin angustias con el sol que se va después de haber estado todo el día iluminando y calentando la tierra. Si conseguiste algún logro, por pequeño que sea, tú también iluminaste y calentaste la tierra y por ello tienes derecho a un lugar en el firmamento, como Castor y Polux... que no otra cosa, sino las vidas logradas es lo que brilla en el cielo por las noches. La inmortalidad que le dicen.
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