Ando a vueltas con el Poema de Mío Cid. Está escrito en castellano de hace ochocientos años y apenas si se entiende alguna palabra. Hay que ir desentrañando verso a verso con la ayuda del diccionario que hay al final del libro. Y ni así se consigue siempre. Así todo, es apasionante por la cantidad de información que aporta sobre lo que era aquella España, o como lo quieran llamar, del siglo XI de nuestra era. El rey le echa de Castilla porque se está haciendo demasiado poderoso: hay que ser previsor y apartar al que te puede hacer sombra antes de que sea tarde. Entonces, Mío Cid, el que en buena hora ciñó espada, se va por ahí de pillaje. Era lo que por entonces se llevaba. Te hacías con una mesnada de desheredados de la tierra y a matar moros de la misma manera que los moros mataban cristianos. Era una forma de enriquecerse como otra cualquiera. Al final se apodera de las tierras de Levante con Valencia incluida. Es un reyezuelo que dura lo que le dura dura. Porque a los cuarenta años ya es viejo para esas lides. Ya no puede innovar y la competencia le arrasa.
Cada época tiene su modelo de negocio. Y en todas ha habido genios que han tomado la delantera y han construido imperios. Y todos esos imperios han sido efímeros, dando paso en ocasiones a la leyenda. Así es como la historia de la humanidad se ha escrito, sobre todo, a base de leyendas. No por nada sino porque, como en el caso de "El Hombre que mató a Liberty Wallace", cuando la leyenda es mejor que la realidad preferimos quedarnos con la leyenda. Porque la leyenda, lo es, precisamente, por tener un valor simbólico del que la realidad por lo general suele carecer. Y sin valor simbólico no hay enseñanza que valga. Ya lo he dicho mil veces, que el contenido simbólico de una historia es el cemento que hace que se mantenga en pie por los siglos de los siglos. Por eso es que todo el mundo se acuerde de El Cid sin que se sepa nada de todos los reyes y demás personas importantes, coetáneas suyas.
Dejando a un lado lo de El Cid, mi lucha diaria a brazo partido es con la memoria para conservar el repertorio que me fui creando a lo largo de los años. Es, por supuesto, una guerra perdida de antemano. Pero mientras estoy en la brecha me hago la ilusión de ser inmortal. La Cavatina de Stanley Myers y María de Tárrega fue mi batalla de ayer. Al final, mal que bien, acabaron sonando. En realidad, más mal que bien, porque ya no me funciona la cejilla, pero, bueno, peor sería estar ya muerto como por estadística me corresponde... aunque, claro, si hay algo relativo, eso es la estadística. En fin, ya digo, el que en buena hora ciñó espada: esa es la cuestión, ganar batallas hasta después de muerto.
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