Recuerdo perfectamente que de chaval no se me daban mal las matemáticas. Lo mismo que la ortografía se me daba fatal. No así la gramática. Lo demás, la historia, la literatura, y así, ni siquiera recuerdo. Yo estaba allí, en la capital, aprendiendo con más o menos facilidad, pero lo aprendido no me decía nada. Siempre estaba deseando irme al pueblo, agarrar la caña y ponerme a pescar truchas. Tenía una fascinación enfermiza por el río. Luego se sucedieron las diferentes etapas de la vida, que, ni fu ni fa; ir tirando malamente, dedicando lo más del tiempo a salir de los malos pasos a los que la natural estulticia te arroja. Pero ya, muy de mayor, en un arrebato incomprensible, me dio por volver a las matemáticas y, ¡oh, sorpresa!, volví a sentir fascinación por algo. En menos de un año recuperé todo lo olvidado de mis años mozos, pero esta vez, cada nuevo avance iba acompañado por una sensación de maravilla: era como si de pronto hubiese empezado a creer en Dios. ¿Cómo es posible que la mente humana haya descubierto estas cosas? Sin duda hay en ello algo como sobrenatural. Creo que entonces entendí aquellas lucubraciones que le había leído hacía ya muchos años a María Zambrano sobre lo sagrado y lo divino.
Suelo hablar mucho de estas cosas en mis conversaciones mañaneras. A la postre tratar de entender algo de nuestra relación con lo divino es a lo máximo que podemos aspirar... por más que nunca avancemos. A tal efecto, la racionalidad de bien poco sirve; solo, acaso, para mantenernos conscientes de que la grieta entre lo que sabemos y no sabemos es insalvable. Esa conciencia es el fundamento de la humildad, cualidad sin la cual es inevitable que los dioses dejen de amarte y, hartos de tu soberbia, opten por precipitarte a los infiernos.
Sea como sea, cada mañana paso un rato frente a vídeos de matemáticas. Es un rito que me armoniza con el mundo. Y que siempre me da motivos para una dosis de maravillamiento. Frente a cualquier hallazgo matemático, todas esas cosas que van a ver los turistas por los confines del mundo son paparruchas. Esa relación entre el número e, los logaritmos, las derivadas e integrales tiene algo como de demoníaco. En cualquier caso, es fuego robado a los dioses y por el que sin lugar a dudas se habrá tenido que pagar un alto precio en sufrimientos. Pero esta es otra historia, la de la estulticia del ser humano; incluso la de los más sabios. ¿Por qué no somos capaces de utilizar esos hallazgos, solo para maravillarnos y mostrar agradecimiento por los dones recibidos? Pues no, nuestra soberbia nos lleva a utilizarlos para fabricar bombas y todo lo que más puede ofender a los dioses. Y por eso pasa lo que pasa, que siempre estamos castigados.
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