Es curiosa esa querencia que tenemos los humanos a subir montañas. Cuando era niño era un reto subir a los Picos, una colina que hay a levante de donde nací y que tiene en su cima dos excrecencias calcáreas bastante simétricas, como si fueran dos pezones. La gente, para abreviar, lo llama las Tetas. De adolescente, ya necesitaba, para calmarme, enfrentarme a la Peña Pelada, de doble altura y dificultad. Y no es que haya llegado a mucho en esa progresión, pero, rondando los setenta ya, me atreví con el Curavacas, ¡y vive Dios que fue una gran satisfacción coronarlo!
Sin duda lo de subir montañas tiene un gran valor simbólico del que no somos conscientes. Personalmente lo comprendí después de haber dado unas cuantas vueltas a la Biblia. Moisés necesita subir la montaña del Sinaí para poder hablar con Dios. Podría haber hablado abajo, en la llanura, pero se ve que necesitaba el esfuerzo de la subida para purificar su espíritu, sin lo cual difícilmente hubiese podido contactar con la divinidad.
En realidad, ese es todo el misterio de esta vida: subir o no subir a la montaña. El demonio siempre te está tentando para que no subas. Te dice que puedes contactar divirtiéndote. ¿Se acuerdan de aquello de aprender jugando? Era el demonio el que estaba detrás de aquel despropósito que, por cierto, tanto éxito tuvo que todavía anda por ahí vivito y coleando para ruina de los desgraciados que se lo tragaron.
Así son las cosas de este mundo, que te quedas en la llanura divirtiéndote y a los cuatro días ya estás adorando ídolos. De ahí al infierno, no hay ni dos pasos. Y, una vez en él, al médico a por pastillas. ¡Sancta simplicitas! ¡Con la de montañas por subir que tenemos a mano! Bueno, rollos aparte, voy a ver si puedo subir al Capricho Árabe de Tárrega que siempre se me ha atragantado y presiento que desde su cima tiene que haber unas vistas impresionantes.
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