Uno se ha pasado la vida tratando de buscar los tres pies al gato y, como debiera haber esperado desde el principio, no se los he encontrado. Y sigo en la brecha, leyendo y escuchando a sesudos interpretadores de la realidad; por así decirlo me pasa lo mismo que le pasaba a Don Quijote con los libros de caballerías: una especie de atracción fatal que solo puede tener como colofón la locura... la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, enflaquece mi razón.
Cuando era estudiante en Valladolid, tenía unos amigos cuyo padre lo tenía claro: solo leía El Quijote y todo lo que se había escrito sobre él. Recuerdo que alguna vez fui a su casa panadera en Venta de Baños; tenía una extensión enorme porque se necesitaban dormitorios para quince hermanos más un estudio de pintura par la madre y la más que gigantesca biblioteca para albergar cientos, o miles, de ediciones de El Quijote, más todos los ensayos sobre el asunto que el hombre había podido encontrar a lo largo y ancho del mundo. Aquel hombre debía ser un loco muy cuerdo. De hecho, tengo idea de que sacó adelante a sus quince hijos en muy buenas condiciones.
Así es que me parece que voy a pasar de tanto filósofo idealista y voy a volver al realismo de El Quijote. A ver si así recupero algo de salud mental o, lo que es lo mismo, sentido del humor, porque todos esos idealistas tienen eso, que te van matando poco a poco el sentido del humor y cuando te quieres dar cuenta estás convertido en un militante de cualquier cosa. ¡Qué horror!
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