jueves, 20 de febrero de 2025

Refranero

Recibí una educación muy refranera. Tanto mi padre como mi madre tenían, al respecto, un repertorio que parecía inagotable. Seguramente, ellos seguían una tradición que venía de muchas generaciones para atrás. De nuestro Siglo de Oro por lo menos. Recuerden a Sancho Panza, que sacaba de quicio a Don Quijote con sus retahílas de refranes traídos por los pelos. Y es que no era para menos, porque un refrán viene a ser un pensamiento profundo cuya comprensión lleva su tiempo. Si los hilas uno detrás de oro, la cabeza que los recibe no suele dar de sí para tanto contenido y acaba por irritarse.

Recuerdo uno que repetía bastante mi padre y que yo no entendía, pero me gustaba mucho como sonaba: "prevención a destiempo, malicia arguye". Tardé mucho en comprender que venía a ser algo así como: "excusatio non petita, accusatio manifesta". En el colegio solíamos usar uno que iba más directo al grano: "el que primero lo huele, debajo del culo lo tiene". Luego me di cuenta de que hay un montón de refranes, en todas las lenguas que malconozco, para expresar esta misma pretensión, la más humana de todas, que no es otra que la de tratar de ocultar las propias fechorías detrás de la mentira. 

La pretensión más humana y, también, la más inútil. Al respecto, mi madre era contundente: "lo que no quieras que se sepa, no lo hagas", nos decía cada dos por tres para desmontarnos nuestras inocentes artimañas. Y es que en esa máxima se contiene toda la fe necesaria para que la civilización funcione: si no tenemos el convencimiento íntimo de que la verdad siempre acaba por derrotar a la mentira, apaga y vámonos. 

La verdad contra la mentira; siempre estamos con esa guerra. Y, si bien la verdad siempre suele salir a flote, nunca es antes de que la mentira haya hecho estragos. Así se explica la historia de la humanidad: indudablemente hemos progresado, pero a costa de los sufrimientos infinitos que costó desmontar las mentiras. 

 ¿Ustedes a quién creen que favorece más el internet, a la verdad o a la mentira? Yo diría que lo mismo que sus hermanos mayores, la escritura y la imprenta, a la verdad. De no ser así no tendría explicación la saña con la que los poderes decadentes han perseguido siempre la libre circulación de las ideas. Porque esa es la cuestión, que no hay nada que manifieste mejor el decaimiento de un poder que su afán por controlar la libre circulación de las ideas. El miedo les delata. 

Resumiendo, que una cosa es que la verdad salga a la luz y, otra muy distinta, que los engañados la quieran ver. Por eso siempre estamos en las mismas. 

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