El tipo que había organizado la dichosa conferencia de seguridad de Múnich se puso a cerrar el evento con el típico discurso de clausura y no pudo terminar: las lágrimas le anegaron el entendimiento. Le tuvieron que sacar de la sala en volandas, Se ve que el hombre era consciente de que la había cagado. ¿A quién se le ocurre invitar a un trumpista de pura cepa a dar la lección magistral? Cualquiera con mediana visión de la jugada hubiera podido prever la azotaina que se venía encima. El trumpista les dijo: están acusando a los demás de ser lo que ustedes se esfuerzan por ocultar que son. ¡Ustedes son los fachas! Ayer mismo leía que en la Alemania de hoy se ha vuelto a por donde solía. ¡Ah, los viejos tiempos, qué nostalgia! La policía se presenta en las casas de madrugada a pedir cuentas por lo que se ha escrito en las redes sociales. Y no te llevan al campo de concentración porque ya no hace falta; es mucho peor tortura enredar al díscolo en la maraña judicial. En fin, Europa, ya saben, lo más de lo más. ¡Que nadie intente darnos lecciones!
Personalmente, pienso que todo esto que está pasando es genial. Y supongo que es consecuencia, entre otras cosas, de que la juventud ya no bebe. Y al que no bebe es muy difícil manipularle. Cuando aquellos maravillosos años bebíamos como cosacos y, de ahí, que les costase tan poco esfuerzo a las autoridades el impregnarnos del marxismo cultural que nos arruinó la vida. Tan arruinada que ni siquiera hemos sido conscientes de ello... que es el colmo de la ruina. Toda la vida nos han tenido encantados con la milonga del izquierda/derecha, como si eso fuera la quinta esencia de la libertad individual. Y mientras tanto, venga a tomar copas en los bares de moda y coger olas en las playas de ensueño. ¿Para qué necesitabas un proyecto de vida si con lo que te caía del cielo ya estabas servido?
Esas lágrimas del mandamás de Múnich son la metáfora perfecta de toda una época perdida. Desde luego que esas lágrimas no van a ablandar los corazones de los jóvenes que ven en la condición del funcionario el culmen de la miseria moral. ¡Iros a casa... o la mierda!, están gritando, ¡no queráis jodernos la vida como jodisteis la vuestra y la de nuestros padres!
Resumiendo, señores, lo de siempre: la satisfacción de ver que se acaba lo que ya hace tiempo no sirve; y la inquietud por ver llegar lo que no se sabe qué será. Aunque sabemos por experiencia que, a la postre, será más de lo mismo: el genio de una minoría ínfima luchando contra la estulticia de la inmensa mayoría que se pasa la vida en la cola de las vacunaciones en general.
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