¡A buenas horas mangas verdes! Uno se da cuenta, a estas alturas de la vida, de que ha llegado tarde a casi todo. Casi siempre cuando ya la cosa no tiene vuelta atrás. Aunque, por otra parte, prefiero acogerme al consuelo de creer que más vale tarde que nunca. Pensaba en estas cosas esta mañana porque algo he leído o escuchado que me ha retrotraído a la conciencia de la torpeza con la que me fui dando cuenta de la importancia del contenido simbólico de los textos. Me costó siglos comprender que cuando un texto perdura no es por otra cosa que por su riqueza simbólica.
Captar o no captar esa riqueza, esa es la cuestión. ¿Cómo se llega a ese, digamos que, estado superior del espíritu? Supongo que, como todo lo que merece la pena, por medio de la ascesis, es decir, el aprendizaje de la liberación de prejuicios. Es algo sumamente complicado, porque la educación que recibimos las clases populares no consiste en otra cosa que en grabarnos a fuego en el cerebro una montaña de prejuicios. Lo que está bien y lo que está mal, sin pararse a debatir las razones de tales posicionamientos.
Claro que, por lo que sea, hay personas con una cierta inmunidad al fuego de esa educación y que, por ello, dan en cuestionarse todo lo aprendido. Es como un sentimiento aristocrático, el de querer ser por uno mismo. Es así como descubres la radical ambigüedad de todos nuestros comportamientos. De como todo está sometido a unas fuerzas telúricas que escapan a nuestro control. De que no sabemos porque hacemos lo que hacemos y de que, a la postre, decidimos muy poco, si es que es algo, por nosotros mismos; lo más de la vida nos limitamos a dejarnos arrastrar por la corriente.
En realidad, nunca estamos diciendo lo que creemos que estamos diciendo. Siempre hay algo oculto. Por eso se dice que nunca se llega a conocer a las personas. Y por eso, también, han ganado tanto dinero los psicoanalistas, especialistas, dicen, en desentrañar los significados reales de lo que se dice cuando se aparenta estar diciendo otra cosa. Y ese es el asunto, que si tienes algún grado de inmunidad a la educación recibida es inevitable que des en psicoanalista aficionado, es decir, que lees un texto y no lo interpretas al pie de la letra sino que buscas lo que esconde. En desentrañar lo oculto, pienso, reside el placer de la lectura.
Así es que, a medida que vas haciendo músculo espiritual, vas necesitando calar más hondo para encontrar ese placer en la lectura. No por otra causa es que la evolución natural sea empezar por la literatura para chachas para acabar por los textos considerados como sagrados... es decir, que tienen vínculos secretos con la divinidad. Es, entonces, cuando ya te aproximas al final.
No hay comentarios:
Publicar un comentario