viernes, 7 de febrero de 2025

Harta plaga y mala ventura

En la novela de Cervantes El Coloquio de los Perros, están dos perros en amena conversación:

"Cipión.-Ansí es; pero bien confesarás que ni has visto ni oído decir jamás que haya hablado ningún elefante, perro, caballo o mona; por donde me doy a entender que este nuestro hablar tan de improviso cae debajo del número de aquellas cosas que llaman portentos, las cuales, cuando se muestran y parecen, tiene averiguado la experiencia, que alguna calamidad grande amenaza a las gentes.

Berganza.-Desa manera no haré yo mucho en tener por portento lo que oí decir los días pasados a un estudiante, pasando por Alcalá de Henares.

Cipión.-¿Qué le oíste?

Berganza.-Que de cinco mil estudiantes que cursaban aquel año en la Universidad, los dos mil oían medicina.

Cipión.-Infiero, que estos dos mil estudiantes han de tener enfermos que curar (que sería harta plaga y mala ventura), o ellos se han de morir de hambre." 


Por razones obvias, siempre que he encontrado alguna referencia a mi profesión en la literatura de nuestro Siglo de Oro, me he quedado con la copla. Muchas veces he pensado que hubiera estado bien recopilarlas todas y glosarlas en un libro, pero no he tenido voluntad para ello. Lo curioso es que, la inmensa mayoría de esas referencias, cuando no denigratorias, llaman a estar en guardia contra las artimañas con las que los médicos tratan de suplir su falta de conocimiento. Y es que lo tienen chupado porque tienen como aliado la más poderosa de todas las emociones: el miedo. El miedo mueve montañas, pero, sobre todo, llena bolsillos. 

Lo de la falta de conocimientos es algo de lo que la mayoría de los médicos no son conscientes, dado lo cual, ni siquiera tienen que hacer esfuerzos por disimularlo. Y, por otra parte, cuando la gente está atemorizada por cualquier alteración de su estado físico, tiende a agarrarse al primer clavo ardiendo que se le presenta. Con ambos ingredientes en la coctelera no es de extrañar que se hayan producido todas esas aberraciones que el Dr. Vernon Coleman, el más famoso divulgador médico de todos los tiempos hasta que, con la falsemia, las autoridades le condenaron a la damnatio memoriae, recopiló en un libro que ha vendido millones de ejemplares. Y es que si yo les contase lo que llegué a ver, e incluso a hacer, cuando empecé a ejercer, hace cincuenta y cinco años ya, les costaría creerlo a la luz de los conocimientos actuales. Pero no se hagan ilusiones, porque dentro de cincuenta años estarán en las mismas respecto de lo que se hace en los hospitales hoy día. 

La medicina como ciencia, por mucho que llegue a avanzar, siempre estará en pañales porque la complejidad de la biología es infinita.  No por otra razón es que el considerado como padre del invento, un tal Hipócrates, pusiese por delante de todas las demás herramientas terapéuticas, la prudencia: el famoso primun non nocere (lo primero no hacer daño) ¡Si no sabría el de que pie cojea la profesión!

La profesión, eh ahí el cascabel del gato. Y es que de la profesión se vive. No por otra cosa es que Cervantes haga decir a sus perros en coloquio que harta plaga y mala ventura sería la enfermedad necesaria para dar de comer a tantos profesionales. 

Consideradas así las cosas, nada tiene de extraño que de todos los motivos que tengo para avergonzarme de mi descalabrado transitar por este mundo, el que más me duele es el haber escogido para sustentarme la profesión médica. Día que pienso en ello, noche que no duermo. Por eso es que padezco de insomnio crónico, porque no hay día que algo no me lo recuerde. Es como una venganza de los dioses por mi soberbia de cuando era mancebo y estaba convencido de que sabía lo que no sabía. Es muy fácil creer en lo que te favorece. 

Resumiendo, que, si la jodienda no tiene enmienda, mucho menos la tiene el miedo a morirse, lo cual, a nada que bajemos la guardia, nos trae aparejada esa harta plaga y mala ventura que es la inflación de médicos... uno cada ciento cincuenta personas en la actualidad. 

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