Nos cuenta Jünger en su Tormentas de Acero que, mientras la gente estaba muriendo como moscas en los frentes de las Ardenas, unos pocos quilómetros más allá, en Berlín, la gente iba a los cafés y los cabarets como si no pasase nada. Y lo más probable, pienso yo, es que muchos de aquellos que iban a los cafés y cabarets, como si tal cosa, tuviesen un allegado a punto de palmarla en uno de aquellos cercanos frentes. Siempre es igual, ojos que no ven, corazón que no siente. El hecho de que en Ucrania se esté manteniendo una guerra, en buena parte con el dinero de los contribuyentes europeos, en nada ha entorpecido que casi cien millones de personas hayan venido el año pasado a divertirse en España.
El caso es que parece que ya se han cansado de matarse en Ucrania y van a ver si encuentran un arreglo. Seguro que sí, que lo encuentran. Basta, para ello, con que le cierren el grifo a una de las partes en conflicto. El secreto que nadie nos ha contado a los que hemos estado contribuyendo a que el grifo fluyese es en dónde residía el interés para nosotros de esa guerra. ¿Qué beneficio se esperaba sacar de ello? Quizá no sea otra cosa que la necesidad que siempre han tenido los imperios decadentes de llevar la guerra a las lejanas fronteras. Como si se esperase un alivio al difuso malestar sangrándose por allí.
Las guerras son el lado oscuro de la historia de la humanidad. Nunca ha parado de haberlas, por un quítame allá esas pajas, ni creo que vaya a parar mientras queden dos personas con vida sobre el planeta. Y es que no hay nada más humano que querer redimirse de los males encontrando un culpable exterior. Llegar a pensar que cada uno cosecha lo que siembra es la tarea del héroe. O sea, un milagro del cielo.
El caso es que parece ser que tenemos milagro a la vista. En la metrópolis del imperio se han dado cuenta de que todos sus males traen causa de la propia estupidez. Ya está bien, han dicho, de querer se honra de casa ajena mientras somos polilla de la nuestra. Así es que se han puesto a mirar los papeles que tenían arrumbados en los cajones y se han quedado patidifusos. ¡Pero esto qué es, cincuenta millones a los talibanes para que compren condones! ¿Quién firmó esa orden? Sin duda todo esto ha estado en manos de imbéciles, se han dicho. Montañas de papeles que son testigos de semejantes filantropías. En definitiva, que parece que se les ha acabado el chollo a los que vivían de partir y repartir llevándose, por supuesto, la mejor parte.
Vamos a ver en que acaba todo esto. Porque no conviene regodearse de antemano, que ya sabemos la resiliencia que tienen los que viven de partir y repartir.
Gran libro de Jünger. Es que Pedro, la realidad, no ha cambiado un ápice.
ResponderEliminarNi cambiará, querido Nacho, en tonto no se produzca una mutación en el hombre del calibre de la que se produjo cuando pasamos de monos a hombres.
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