Ayer por la tarde estaba aburrido y me puse a ver la película del oeste con la que todos los días nos imparte doctrina el canal televisivo de la iglesia católica. Estaba ambientada en la revolución mexicana y trataba de unos tipos duros que intentan dar sentido a la vida por medio de aventuras arriesgadas al límite. Lo interesante del asunto es que en un momento de la película los propios protagonistas reflexionan sobre el particular: ¿es por dinero por lo que se arriesgan? No, como se comprueba al final de la película. Es, simplemente, por tener un objetivo en la vida. Sin un objetivo, saben por propia experiencia, solo queda el recurso al alcohol.
Como casi todas las películas del oeste, se trata de literatura para chachas. No hay que cavar muy hondo en busca de significados ocultos. Es como cuando el cura se sube al púlpito a propagar la palabra de Dios. La filigresía necesita mensajes trasparentes para seguir acudiendo al servicio divino. Luego, se van a sus casas y cada cual hace de su capa un sayo. Así es como funciona el invento.
En realidad, toda nuestra cultura se reduce a echarse una cruz a cuestas y tirar con ella Golgota arriba. Y lo de la cruz es algo muy personal. Por eso es por lo que nunca han funcionado por aquí las teorías comunitaristas. En principio suenan bonito, pero en cuanto se comprueba que niegan todo protagonismo al individuo se van al garete. Y es que sin protagonismo pierde todo el sentido el estar hecho a imagen y semejanza de Dios, el protagonista por antonomasia.
Por eso fracasan todas las revoluciones comunitaristas, porque son una contradicción en sí mismas. Las personas que luchan en ellas, aunque no lo sepan, lo hacen buscando protagonismo; ese anhelo acaba saliendo a la superficie y entonces es cuando no queda más remedio que devorarse los unos a los otros. Porque el protagonismo solo lo puede tener uno por definición.
En fin, cosas de nuestra cultura, occidental que le dicen. Me comentaban esta mañana que en oriente las cosas son diferentes. Allí, Buda, Confucio, Lao-tse, Mencio, etc., predicaron, ante todo, acerca de la relativización del ser. Como no somos nada tenemos que ser muchos para hacer cualquier cosa. Así que a multiplicarse tocan.
En fin, vete tu a saber cuánto nos acercamos con nuestras lucubraciones a la realidad de las cosas. En cualquier caso, con ellas nos consolamos de nuestra insoportable levedad... que diría el poeta.
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