Vivimos un momento histórico en el que miles, o millones, de ese espécimen humano que se conoce como intelectual, se dedican a cantar con un a modo de regodeo maligno lo que ellos llaman decadencia de Occidente. El otro día oía a uno vaticinar que de aquí a cinco años los EEUU de América habrían desaparecido como tales. Cosas del wishful thinking, pensé. De momento, seguí pensando, de hace treinta años para acá, los EEUU de América han llevado a cabo la mayor colonización del mundo que nunca se pudo ni imaginar. Todo esto de la informática, numérico, o como lo quieran llamar, que condiciona nuestras vidas desde que abrimos el ojo por la mañana hasta que le cerramos por la noche, es un invento suyo. El resto del mundo, a esperar qué es lo próximo que se les ocurre.
En cualquier caso, seguíamos comentando esta mañana a propósito de la sofisticación literaria que contiene el Gilgamesh sumerio. ¿Quién se acuerda de los sumerios hoy día? Es muy probable que muchas de las maravillas que achacamos a los griegos estuviesen copiadas de los sumerios. Y después los acadios, que por lo visto inventaron la primera escritura alfabética; y los babilonios, que instituyeron la prostitución sagrada... civilizaciones todas que hoy resumimos en un par de líneas, pero que duraron lo suyo y dejaron su huella indeleble. Por no hablar de los romanos, que se tiraron hablando de decadencia no sé cuántos siglos; ya en el segundo de nuestra era escribían Petronio, Apuleyo, Juvenal, y otros muchos, anunciando el derrumbe; casi dos siglos después Juliano volvió a llegar a donde llegó Alejandro cinco siglos antes. Desde luego que la caída de los imperios nunca ha sido de hoy para mañana.
Sobre la decadencia de los imperios se ha escrito para dar y tomar. Cada loco con su tema. Quizá su causa no sea otra que la fatiga de materiales. Todo es finito en este mundo. Hasta el mundo mismo. En cualquier caso, es muy difícil mantenerse en el machito porque detrás vienen otros arreando. Así todo, hay que andarse con mucho cuidado con los intelectuales, porque, por lo que sea -quizá porque follan poco-, suelen tender a la depresión con su consiguiente regodeo en las negras premoniciones. Y es que las negras premoniciones tienen mucha demanda... demasiada gente folla, si no poco, mucho menos de lo que sus fantasías les dan a entender como necesario, ¡Y qué mal se lleva eso!
Lo único que yo veo en el mundo actual es un recrudecimiento, como quizá nunca lo hubo, del mito prometeico. Todo este ingente fuego que acabamos de robar a los dioses nos tiene encadenados. No hay más que ir por la calle para darse cuenta. Ver a una persona pasear con aires de nonchalance es poco menos que un milagro. Todo el mundo va enfrascado en el manejo de cualquiera de los cachivaches que la tecnología pone a su disposición. Tengan en cuenta que el dios de la tecnología es cojo y, además, su mujer le pone los cuernos con el dios de la guerra. Así es que, la mujer, Lady Macbeth, es la intermediaria natural entre la tecnología y la guerra. La que tiene el mando a distancia, como se suele decir. Y ahí, quizá, es donde está la explicación a todo este canto a la decadencia que nos tiene acongojados, en el mando a distancia de las mujeres. Es fundamental volver a meterlas en cintura para que no se nos vayan con el dios de la guerra. Claro que para eso será necesario no andar tan distraídos inventando cachivaches. Hay que tenerlas vigiladas y sacarlas a pasear de vez en cuando.
En fin, vete tú a saber.
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