Como siempre que hay una guerra con armas convencionales, de inmediato, paralelamente, se monta otra de propaganda. Esto es algo más viejo que los pedos. Lo que pasa es que ahora, en lo que hace a la guerra de propaganda, la extensión del campo de batalla, gracias a la existencia de las redes sociales, se ha hecho prácticamente infinito. Si uno mira ahora en YouTube verá cien videos con fotografías espeluznantes sobre la destrucción que está padeciendo Israel y, con las mismas, podrá ver otros cien en los que el espeluzne hace referencia a Irán. Así que es imposible saber cómo va la partida, lo cual no quita para que uno, en alguna medida, sea víctima del whisful thiking y, por tanto tienda a creerse más los vídeos que favorecen los propios deseos; en mi caso, que venza Israel, lo cual, hasta cierto punto, sería vencer también el pueblo iraní que, a todas luces, está hasta el gorro del régimen político de los ayatolas.
Lo de los ayatolas en Irán no es nuevo. Heródoto cuenta cómo los sacerdotes se hicieron con el poder en Persia, mientras el emperador Cambises andaba de gira por Egipto, y aguantaron más de cuarenta años. Bueno, algo así, porque hace tiempo que lo leí y ya no recuerdo bien. Aunque en esencia fue algo como lo de los ayatolas, una teocracia, o sea, la forma más tiránica de poder que se puede concebir porque, si es Dios el que manda, ¿quién va a osar levantar la voz? En fin, sea coma sea, los iraníes parecen curados de espanto. Según las encuestas un 50% de ellos se declaran furibundos ateos y, según vi hace ya años en un reportaje de la cadena Arte, los pueblos fronterizos del Kurdistán se hacen millonarios pasando alcohol de contrabando a Irán. Así que, como vimos en aquella película tan genial, Persépolis, la cosa debe de estar muy madura por allí y no sería raro que un día de estos se coman a los ayatolás con patatas.
En cualquier caso, según comentábamos esta mañana en nuestras conversaciones transcontinentales, Israel lo tiene chupado a causa de que el eterno conflicto entre indoeuropeos y semitas está incrustado en el mundo musulmán. Irán es indoeuropeo y por eso inventó el chiismo, para diferenciarse del islam semita, que, a su vez, inventó el sunismo. Chiismo y sunismo sería como el agua y el aceite, una mezcla imposible. A la postre tiran más los orígenes que la religión. Es como lo de los belgas, surgidos de la unión de valones y flamencos porque ambos eran católicos, pero, con el paso del tiempo, los flamencos se dieron cuenta de que su lengua, que viene a ser como la de los protestantes holandeses, tiene mucha más importancia que la religión a la hora de establecer alianzas y así es que anden con unas ganas de separarse de los valones que ya no pueden ocultar.
En fin, vamos a ver en qué acaba la cosa. Indiscutiblemente estamos en une plaque tournante, que diría un francés, de la historia. Una plaque tournante es un artilugio como aquel que había en la estación de mi pueblo para dar la vuelta a la máquina del tren. Y esa es la cuestión, que plaque tournante mediante, la máquina que antes tiraba en una dirección, ahora tira en la dirección contraria.
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