Mi impresión es que se está produciendo en el mundo una revolución que yo la calificaría como la de pisar el freno. Venimos de un par de siglos en los que la gente, instigada por los avances de la tecnología, había dado en creerse lo que sin duda no es porque no puede ser y además es imposible, es decir, estar en posesión de los atributos que la imaginación atribuye a los dioses: la ubicuidad, la omnisciencia, la seguridad y, a la postre, la inmortalidad.
Tanta soberbia, como no podía ser de otra manera, nos ha arrojado a los infiernos por más que, como le pasa a nuestro antecesor Lucifer, no seamos muy conscientes de que estamos en ellos. Y aquí es en donde reside la revolución que pienso que se está produciendo, en la toma de conciencia cada vez mayor y de más gente de que efectivamente estamos en los infiernos y que para salir lo primero que hay que hacer es pisar el freno.
El infierno es vivir en la mentira. Pensar que viajas cuando haces turismo. Creer que estás informado cuando lees los periódicos y ves la televisión. Dártelas de refinado porque puedes acceder al consumo caro. Sentirte sofisticado porque porque manejas cachivaches con muchos botones. Todo ello cosas que no son nada más que intentos de escapar del infierno del que no eres consciente que estas.
Como toda revolución, ésta también ha tenido sus precursores o profetas. Pongamos que Pessoa con su Libro del desasosiego. Cada vez estoy más convencido de que del Siglo de Oro español para acá es lo único interesante que se ha escrito en el mundo. Es un descenso a los infiernos como el de Dante. Un tomar conciencia de que el principio de toda sabiduría es el temor de Dios.
El desasosiego, la ansiedad, la angustia y demás malestares del espíritu no son enfermedades como quieren hacer que creamos esos ejércitos de malignos a sueldo de los laboratorios farmacéuticos, la más acabada encarnación del mal que se puede concebir. No, no son enfermedades; son el castigo que nos imponen los dioses por querer ser como ellos. En cuanto bajamos el pistón y nos resignamos a nuestra condición humana todos esos malestares se atenúan. No otra que esa resignación es la gran nube mental que está descargando su rayo sosegado, como dijo el poeta.
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