Sin saber cómo ha sido, tan callando que dijo el poeta, ya estoy rozando el promedio de esperanza de vida que hay en mi país, uno de los más altos del mundo, lo cual, indudablemente, dice algo de mi país de lo que sentirse, si no orgulloso, sí contento, porque es de suponer que la longevidad es señal de buena vida en el sentido bíblico del término. No se puede vivir mucho sin ser temeroso de Dios. Pero, en fin, a lo que quería ir es a las cosas de la vejez.
Indiscutiblemente, en la vejez, a poco que te lo hayas trabajado, se alcanza cierto sosiego. Es algo casi natural, porque por razones obvias ya no te agobian las expectativas. Estás ya viviendo de propina y por las propinas solo cabe sentir agradecimiento y dar las gracias. Y en eso estoy, desde luego, dando gracias por poder disfrutar de algunos momentos de gloria ligados sobre todo a la amistad y las habilidades que fui capaz de cultivar a lo largo de la vida.
Algunos momentos de gloria que se intercalan, ya sea entre el anodino paso del tiempo y la persistente pesadumbre asociada al asalto de recuerdos indeseados. Esos recuerdos que son el castigo de los dioses -el infierno- por las pasadas temeridades. No sé otras personas, aunque supongo que en todas será más o menos lo mismo, pero, lo es yo, les puedo asegurar que daría cualquier cosa por no haber hecho multitud de cosas que hice. Así es que me identifico al cien por cien con Sánchez Ferlosio cuando decía en su vejez que, de su vida, tan fecunda vista desde afuera, solo sentía vergüenza.
La vergüenza es el gran tormento de la vejez. Es la que te hace retraerte a tus soledades que es el único lugar en el que los recuerdos se amortiguan, porque, si interactúas con el mundo, de inmediato observas actitudes que te retrotraen a tu yo más despreciable. Yo fui así, te dices entonces, y te quisieras morir. Supongo que, el haber sido tan necio tantas veces, fue inevitable. Miguel de Molinos, en su Guía Espiritual nos asegura que no debemos avergonzarnos por lo que hicimos porque así lo tenían dispuesto los cielos. Quise creerle, pero no pude. Preferí identificarme con la idea de la implacable justicia divina que destilan todas las páginas de la Biblia... desgraciadamente fui un lector muy tardío de ese libro.
En fin, por fas o por nefas, no hay forma de dejar de arrastrar la cruz. Esa es la esencia de la vida y no sé si será mejor o peor el ser consciente de ello. Aunque, probablemente, el ser consciente te hace ser más precavido a la hora de las quejas que no cesan y que, como aseguraba Hamlet, son las que engendran la pestilencia del mundo.
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