El asunto de las disonancias en la música es algo que da para mucho pensar. Tengo entendido que fue Beethoven el primero que incluyó las séptimas menores en la armonía. Y por lo que cuentan fue un atrevimiento muy criticado porque, quieras que no, esa séptima es una disonancia. Y una disonancia es una rotura de la armonía, o sea, un sufrimiento. Hoy día estamos tan acostumbrados a ese sufrimiento que ya no podemos vivir sin él; por así decirlo, forma parte de nuestra cultura. De Beethoven para acá, la música ha evolucionado por el simple procedimiento de ir intercalando en la armonía tradicional cada vez más y más disonancias. Fue a comienzos del siglo XX cuando, ya, respecto de la armonía, no quedaba títere con cabeza. La música, entonces, era una sucesión de disonancias, es decir, un sufrimiento continuo. Y eso es lo bueno del asunto, que el ser humano no tarda en acostumbrarse al sufrimiento y, un paso más, y ya no puede prescindir de él: la música es como la vida, que sin sufrimiento no la sentimos.
Esa es la amarga realidad, que para la especie humana vivir es sufrir. Es la contrapartida inevitable al tener conciencia de nosotros mismos como seres perecederos. La naturaleza nos dio ésta que parece ventaja comparativa y, para compensar, nos encadenó a la roca del sufrimiento. Así es que toda nuestra vida está marcada por esas cadenas. Siempre, todo se nos escapa. Nos es imposible retener por un instante todo atisbo de placer. Sobrevivimos a este tormento porque nos las hemos arreglado para echar encima de la conciencia miles de paladas de olvido, pero, ella, allá en las profundidades, sigue trabajando incansable. Y, de vez en cuando, sale a pasearse por la superficie y es tanto el dolor que nos produce que nos queremos morir. Entonces es cuando nos surge eso que llaman pulsiones suicidas.
El mundo siempre ha estado lleno de pulsiones suicidas. Y es que, en el momento que dejas de echar paladas de olvido encima de la conciencia por medio del trabajo -que, en el peor de los casos, es un sufrimiento menor-, ya la tenemos ahí dándonos por el saco. Entonces empiezas a hacer idioteces para ver si con un poco de suerte acabas de una vez. Desde luego que flaco favor nos hicieron los que inventaron las máquinas. En realidad no hicieron otra cosa que echarnos más cadenas encima.
No sé, porque uno ve lo que está pasando por ahí y piensa que a lo mejor de ésta se va todo a la mierda y se acaba el sufrimiento en el mundo. Aunque, también, toda esa destrucción que estamos viendo quizá no sea otra cosa que deshacer por la noche el tapiz para poder volver a comenzarlo a la mañana y así olvidarnos por un rato de las cadenas.
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