El Oriente Medio, justo donde confluyen tres continentes, es el campo de batalla eterno. Por fas o por nefas, aquella gente siempre encuentra un motivo para matar a sus vecinos. Luego viene el rollo de quién es el bueno y quién es el malo. La mitad o más de todos los libros de historia están dedicados a resolver ese enigma indescifrable. Quizá, como algunos apuntan, sea la imposible química entre el monoteísmo semita y el politeísmo indoeuropeo: suena interesante, desde luego. Y, para colmo, va el mundo y descubre que el petróleo, sobre el que flota todo el Oriente Medio, no solo sirve para juntar ladrillos y hacer solidas murallas y fastuosos palacios; también sirve para mover motores de explosión y, con ello, la economía global. Ahora, entonces, ya, deja de ser cuestión de semitas e indoeuropeos y pasa a ser el centro de la codicia de todos. Quién domina el Oriente Medio, domina el mundo.
Detrás de todas las teorías geopolíticas, como se dice ahora, siempre hay mucha simplificación. La realidad es que todo es un misterio que solo podemos resolver echando mano de los dioses... precisamente para eso los creamos, para que nos resuelvan los misterios: si no hubiese misterios tampoco habría dioses. A partir de aquí, podemos inferir que el gran vicio de los humanos es creerse que son dioses. ¡Yo sé la realidad de las cosas!, van gritando por ahí millones de youtubers. Y todo es ilusión como demuestra el hecho de que no haya manera de parar la guerra en Oriente Medio.
Y los judíos siempre por el medio; ellos no tienen la culpa: nacieron allí y los dioses los escogieron para ser catalizadores de todos los procesos históricos. O sea, que a cualquier movida histórica le metes una pizca de tema judío y de inmediato se acelera. Moisés, Jesús, Marx, Einstein... ¿se pueden imaginar un mundo en el que no hubieran existido tipos así? Es inútil discutir si las cosas hubieran sido mejor o peor sin ellos, porque estuvieron ahí y las cosas fueron como fueron. Y son como son.
Lo único que podemos hacer ahora es sentarnos y esperar a ver en qué acaba la movida actual. Eso sí, mientras esperamos podemos dedicarnos a implorar a los dioses que la movida no se nos lleve por delante. ¿Qué otra cosa podríamos hacer para luchar contra fuerzas que son telúricas?
Con esto de los Moros y los judíos tiembla el misterio. Yo hace tiempo que lo dejé por imposible. Tuve , en mis primeros tiempos en Alemania, allá por los 80, un rollo con una Majorera de padres Palestinos. Le cambiaba la tez cada vez que le mentabas a los de Sion. Jamás vi una inquina igual. Eso si, estaba de toma pan y moja,
ResponderEliminarBueno, Nacho, lo uno por lo otro.
ResponderEliminarexacto
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