lunes, 23 de junio de 2025

Gilgamesh


Ya va para cuarenta años o así que encontré el Poema de Gilgamesh en una librería dedicada a libros esotéricos que había cerca de mi casa, cuando vivía en Barcelona. Me puse a leerlo con toda la atención que pude, pero pronto me di cuenta de que todavía no estaba maduro para semejantes empresas. Muchos años después, en posesión ya de cierto bagaje, su lectura me fascinó. Esta mañana, conversando con un filólogo sobre el asunto, he comprendido el poco bagaje que poseo para enfrentar los arcanos de la literatura. Así todo, me he prometido que, si los hados me dan tiempo, lo volveré a leer. 

Es un libro que tiene más de cuatro mil años y, en esencia, lo contiene todo acerca del ser humano. Cuatro mil años, en términos históricos, es, como quien dice, ayer. Seguramente, hace cuarenta mil años, ya había en algún lugar del mundo gente que había reflexionado sobre las pasiones que nos constituyen como especie. Y es que allí donde hay un humano con sus necesidades perentorias resueltas, hay un filósofo en acción: es la habilidad específica de nuestra especie, el poder repensarnos. En el centro de nuestra cabeza hay una estrella cuya luz destaca sobre las demás: la llamamos ¿por qué? En realidad, no entiendo porque en nuestras ciudades no se erigen templos a esa estrella, porque no creo que haya nada con más méritos para ser venerado.

En cualquier caso, lo que si recuerdo del Gilgamesh es que es un canto a la valentía, como la Ilíada, como el Quijote, como todos los libros que están en el índice de los prohibidos desde que se entronizó en el mundo el dichoso marxismo cultural... que no es otra cosa que un canto a la cobardía. Y esa es la razón que está detrás de esta decadencia a punto de tocar fondo en que dicen que nos hallamos. Sin riesgo, sustanciado en una bajada a los infiernos, como hizo Orfeo, o Ulises, o Dante, o Don Quijote, o, el primero de todos, Gilgamesh, no hay vida digna de tal nombre. ¡Qué lo sepan!  

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