En nuestras conversaciones transcontinentales, mañaneras para mí, andábamos estos días con cuestiones digamos que de cariz antropológico-teológico-metafísicas y demás yerbas. El caso es que, sea por lo que sea, los humanos hundimos nuestras raíces hasta mucho más allá de lo que una somera inspección nos hace suponer. Me recuerda mucho este asunto a cuando fui a Moarbes de Ojeda a visitar al Señor Emilio, un hombre centenario que, como yo, pedaleaba por aquellos andurriales y con el que había congeniado un día que coincidimos resguardándonos de la lluvia bajo una tejavana. El día que fui, estaba allí, delante de su casa, con una azada en la mano y maldiciendo a las mielgas. Mira, mira, me dijo, estas condenadas, por más que cavas nunca acabas con ellas, siempre queda algo de raíz y al cabo de un tiempo vuelven a salir.
Pues ese es el punto y la madre de todo este negocio, que no hay forma de extirpar hasta el fondo las raíces y a la menor que te descuidas vuelven a salir. Así es que, comentábamos, todo este conflicto que nunca se acaba de acabar, valga la rebuznancia, entre las orillas norte y sur del Mediterráneo hundiría sus raíces en el hecho de que al norte viven indoeuropeos y al sur semitas. Un asunto que, si bien, en principio, parece baladí, deja de serlo en el mismo momento en el que nos topamos con la religión; y es que, por caprichos de la naturaleza, a los indoeuropeos les dio por ser politeístas y, a los semitas, por ser monoteístas. Una cosa tan tonta y que, sin embargo, parece ser que tiene una trascendencia fundamental a la hora de organizar la vida.
La cosa podría haber funcionado si la secta judía monoteísta llamada cristianismo hubiese cuajado, tal cual en principio era, en el corazón del imperio, Roma, de raíz netamente indoeuropea. Si bien Pedro lo intentó, el negocio no funcionó hasta que Pablo, el intelectual del invento, dio con la fórmula mágica para conjugar el monoteísmo semita con el politeísmo indoeuropeo. Fue entonces cuando se sacó de la manga el as de la Santísima Trinidad. Dios era, dijo, uno y trino. Así, pensó, todo el mundo tragaría. Pero no fue así, los indoeuropeos se quedaron con el trino, la Virgen María y toda la patulea de santos -lo único que tuvieron que hacer fue cambiar de nombre a los mismos dioses de siempre-; los semitas judíos, por su parte, se mantuvieron en sus trece y no quisieron saber nada del asunto, pero muchos otros semitas coquetearon con la idea trinitaria y por lo que luego se vio, cuando llegó Mahoma y cortó por lo sano, la cosa no les debía de ir en absoluto. Mahoma les mentó sus raíces monoteístas y se los llevó de calle. Decía mi contertulio que, si no hubiese existido lo de la Santísima Trinidad, Mahoma no hubiera tenido razón de ser.
Es muy curioso todo esto; quizá, pienso ahora, tenga que ver con la geografía. Y es que cualquiera puede comprender que la imaginación no puede vagar de la misma manera por los desiertos semitas que por los bosques indoeuropeos. En el desierto de una mirada abarcas el infinito. En el bosque, todo es misterio. En fin, dejémoslo por hoy porque me parece que ya estuvo bien.
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