Serían las nueve de la mañana, o así cuando volvía a casa después de dar una vuelta y haber ingerido un pincho de tortilla king size cuya digestión mantenía mi cerebro en mínimos. Justo, ya llegando, se me acercó una chica rellenita muy sonriente y me dijo un ¡hola! muy expresivo, como de conocerme de toda la vida. Me costó bajar de las nubes y balbuceé algo así como: no sé quién eres. ¿No me conoces?, dijo ella, sin perder un instante su sonrisa. Pues no, no te conozco. Sí, hombre, del bar ese de ahí, dijo haciendo un gesto con la cabeza, como señalando. No, se equivoca, respondí. Entonces ella, cambiando el gesto, dijo con determinación: ¿Quieres venir a follar? Entonces desperté del todo y dije: Ahora no. Y la dejé plantada con su sonrisa.
Cosas así me habían pasado en Madrid y Barcelona, donde nada es extraño, y más siendo yo un paseante por lo general solitario, pero que cosas así pasen aquí, en Santander, justo al lado de casa... no sé qué pensar al respecto, si es que merece la pena pensar algo. Bueno, sí, que estos apóstoles del marxismo cultural quieren prohibir la prostitución por considerar su uso impropio para cualquiera que no sean ellos. Desde luego que es una de las ideas más chuscas que nunca pudo salir de una mente pensante, por decir algo, porque llamar pensamiento a eso es, cuanto menos exagerar.
La verdad es que estamos viviendo días muy extraños. Ayer todo el país se descojonaba pensando en el pendrive que una puta se había metido en el coño para ayudar a uno de esos apóstoles del marxismo cultural, de los que quieren prohibir la prostitución, a escapar de la acción de la justicia. ¡Buena es la justicia en asunto de coños! El primer lugar del que sospechan. ¡Me parto! Y mientras tanto, unos quilómetros más allá, otros apóstoles de no sé qué, andan con que si se la tiran, o no se la tiran, como en aquel chiste de La Codorniz, en este caso la bomba atómica. ¡Oye, son cosas que pasan! Cada loco con su tema. Por eso no vamos a perder el sueño.
Yo, con mi guitarra, mi Quijote y mis acertijos matemáticos, que aquí me las den todas. Luego al atardecer viene María y paseamos por los muelles del Pesquero. Después, estamos aquí tan ricamente, escuchando música y haciendo solitarios, hasta que nos gana el sueño. Nuestras vidas son los ríos; en mi caso, ya llegando a la mar... !tan callando!
No hay comentarios:
Publicar un comentario