sábado, 7 de junio de 2025

Del manoseo a la celebración

Los niños lo manosean, los jóvenes lo leen, los adultos lo entienden y los ancianos lo celebran. Así describe Cervantes, por boca de uno de los personajes, la primera parte del Quijote que ya ha sido editada y corre por el mundo con profusión. No voy a entrar ahora en el artificio literario de esa novela que vendría a suponer la inauguración de una nueva etapa de la literatura universal que todavía no ha sido superada y que, al paso que vamos, es probable que nunca se supere. Lo que quería subrayarles es esa escala que va desde el manoseo infantil a la celebración senil y que sirve para El Quijote, pero que, si se lo piensan, caerán en la cuenta de que sirve para todo lo salido de la mente humana que, por así decirlo, es armónico, es decir, que te hace vibrar por simpatía. 

Quizá yo lo vea así porque esté buscando consuelo a mi senilidad, porque uno nunca sabe por qué está vibrando por simpatía. De hecho, en estas vibraciones es en una de las cosas que más me he equivocado en esta vida: celebré en demasiadas ocasiones para después tener que arrepentirme. Sin embargo, tengo la sensación, que en absoluto es convicción, de que a medida que pasan los años mis celebraciones, aparte de más espaciadas y comedidas, son más atinadas. 

Y es que, en la naturaleza, todo se compensa. O, como dice el refrán, Dios, donde quita, pone. Recuerdo, al respecto, una reflexión que hacía, Sisa, el cantante galáctico; la juventud, ¡ah, sí, la juventud!, decía, la juventud tiene eso: juventud. Y ahí se acababa todo. Y es que, efectivamente, yo recuerdo la juventud como la etapa más siniestra de mi vida. Siempre ansioso. Siempre frustrado. Y casi siempre embriagado para poder sobrellevarlo. Hoy es el día que me despierto mil veces de mis ensueños con la sensación amarga de un recuerdo de aquellos años maravillosos que quisiera borrar, pero no puedo, de mi memoria. 

Luego viene la edad adulta, cuando empiezas a entender y, con ello, a distanciarte. Eso te trae cierto sosiego, pero también el dolor del desarraigo. La vida se te llena de cadáveres que vas dejando por las cunetas. Vas entendiendo cual es el real valor de la soledad. Con un poco de suerte puedes comenzar a centrarte en lo que realmente te interesa a ti por ti mismo. Digamos que para madurar hay que aprender a ser egoísta sin que se te note mucho, porque sigues necesitando del mundo, aunque de otra manera muy diferente a como lo habías necesitado antaño. En cierto modo, la madurez tiene que ser cínica. 

La senilidad, si has conseguido superar las fases anteriores con al menos un aprobado, es la vuelta al manoseo de la infancia. Solo que es un manoseo consciente. Casi todo te hace gracia, como al filósofo Sowell que, a sus noventa y cuatro años, se parte de risa antes de contestar las preguntas que le hacen los entrevistadores y, no por nada, sino porque le parece que esas preguntas están cargadas de tanta inocencia que solo te las puedes tomar a chiste. La inocencia de los niños, porque esa es la cuestión, que por lo que sea, lo de quemar las etapas de la vida no es algo que se dé porque sí; muchos, quizá la mayoría, por lo que sea, se estancan en los inicios y así llegan a la vejez creyendo en los Reyes Magos.

En fin, allá cada cual con su cruz y su arte para aligerar su peso. Porque de eso es de lo que se trata, de aligerar su peso, porque lo de sacársela de encima es un imposible metafísico que solo intentan resolver los que persisten en la inocencia que se esconde bajo las faldas de mamá.   

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