jueves, 5 de junio de 2025

La libertad, Sancho, ...

La libertad, no se equivoquen al respecto, es individual. Cuando alguien te viene con la milonga de la libertad colectiva acuérdate de aquello de Cuba Libre, de cuando aquellos maravillosos años en los que estábamos muy felices porque Cuba se había sacudido el yugo gringo. ¡Más tontos y no nacemos!

La libertad es algo sobre lo que conviene reflexionar constantemente porque, a la que te descuidas lo más mínimo, ya se te está escapando como la arena entre los dedos, o, simplemente, perdiendo calidad, lo cual, aunque nadie parezca percibirlo, o importarle, no es cuestión baladí ni mucho menos: la perdida de libertad siempre se traduce en un sordo malestar espiritual que todo lo impregna.

Hay millones de maneras de perder libertad, pero, quizá, la más sibilina de todas es sucumbir a las falsas necesidades. Y aquí es donde tenemos una grandísima dificultad que solo superan los mejores: distinguir las falsas de las verdaderas necesidades. Ayer les comentaba cómo me colaron la necesidad de sacar el carné de conducir y como esa aparente banalidad, a la postre, se había traducido en un menoscabo de mi libertad para decidir sobre aquello que realmente me concernía. Porque el problema es que toda falsa necesidad trae aparejada una cadena de falsas necesidades que nunca se acaba porque las incomodidades de una te las quieres sacar con otra que es todavía más falsa. Es como un nudo gordiano que solo se puede desatar con un golpe de espada, es decir, cortando por lo sano y rompiendo con todo a fuer se ser tomado por loco. 

El caso es que la vida nos está poniendo de continuo ante el espejo de la libertad, cosa de la que es indiferente el que seas o no consciente de ello porque, quieras o no quieras, te ves reflejado y las consecuencias de ello son inevitables en forma, ya sea de mala hostia, ya de bienestar espiritual, en función de cómo te hayas visto. No por otra razón es el que haya tanta mala hostia por el mundo porque, a causa de la multitud de necesidades innecesarias a la que ha sucumbido la inmensa mayoría de los mortales -hombres de un día, como se decía antaño-, la sensación de esclavitud es la que domina las conciencias. Y, ahí, no cabe disimulo por mucho que se intente. 

Acuérdense, al respecto, el espejo que nos pusieron delante ya va para cuatro o cinco años. Lo leía esta mañana: para poder hacer turismo, ir al cine o al bar, necesidades todas ellas falsas, necesitabas un pasaporte digital que te era suministrado tras pasar por sucesivas humillaciones que, como después se ha comprobado, eran una lotería de efectos secundarios de consecuencias letales para muchos. Me pregunto, si es posible sustraerse al reflejo de nosotros mismos que nos dio aquel acontecimiento tan chusco. Parecería que nadie se sintió aludido, pero todo el mundo coincide en considerar que de aquella para acá parece como si a la gente le hubiesen puesto una guindilla en el culo: nadie puede parar un solo minuto a solas en su casa so pena de tirarse por la ventana... bueno, también está el recurso a las benzodiacepinas, cuyo consumo, según dicen las estadísticas, se ha disparado exponencialmente.

En fin, me remitiré una vez más a los clásicos: "la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres."

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