martes, 3 de junio de 2025

Los tiempos están cambiando

 


Los tiempos están cambiando

Los tiempos están cambiando y lo que habría que preguntarse es cómo demonios habíamos llegado a semejantes grados de imbecilidad. ¡Hala, un mundo mariquita, qué bien! A todo el mundo parecía encantarle so pena, si no de cárcel, sí de muerte civil. De todas las mafias que montaron los infradotados, la rosa ha sido, sin duda, la más grotesca de todas. En fin, en definitiva, buenas noticias. ¿No les parece?

La manipulación de las conciencias quizá haya sido siempre la piedra angular de todos los sistemas políticos; la novedad, si es que lo es, de ahora, consiste en que se ha puesto el foco sobre esa piedra y, por ello, se ha convertido en uno de los temas candentes del debate público. Te vas a las redes sociales y hay multitud de vídeos, podcast, audios, o como les quieran llamar, que tratan el tema. Es como si algo de lo que no éramos muy conscientes, de repente, ha aflorado masivamente y, como consecuencia, andamos bastante conmocionados. Uno ha caído en la cuenta de, hasta qué punto, la inmensa mayoría de las cosas que hizo en esta vida fueron inducidas desde afuera por fuerzas demoniacas. De haber sido guiado por mi propio interés, las cosas hubieran sido muy diferentes.  

¿Qué cosas? Les pondré un ejemplo de apariencia bien tonta para tratar de explicarme: el carné de conducir. Llevo un tiempo dándole vueltas a mi obsesión adolescente por tener ese carné. Hasta que no lo tuve, no sosegué. ¿Lo necesitaba para algo? Evidentemente, no. Ni lo necesitaba entonces, ni lo necesité en toda la vida para algo que no fuese perder el tiempo en la imposible pretensión de huir de mí mismo. Pienso ahora en ello y me arranco los pocos pelos que me quedan. ¡Pero qué tonto fui, por Dios! Algo tan estúpido como ir a tomar el vermut a un  bar que estaba tres pueblos más allá. Ya el hecho de ir a tomar el vermut es para hacérselo mirar, pero, encima, ¡tres pueblos más allá! ¿De dónde me salieron esas estúpidas necesidades? Pues mi sencillo, porque alguien estaba manipulando mi inmadura conciencia. El caso era impedirme que yo descubriese mi realce rey y me pusiese a cultivarle con pasión; porque, entonces, me hubiera convertido en un individuo consciente de mi libre albedrío y, por tanto, un enemigo del sistema. Toda la acción política estaba, y está, encaminada a impedir eso. Tú, a aquello para lo que estás predeterminado, me estaban diciendo/ordenando. Es la esencia del marxismo cultural en el que me crie, una secta perversa, como me comentaban hoy, del calvinismo. 

Son las piezas del puzle que acaban por encajar. Tú te sacas el carné y te pasas la vida yendo de aquí para allá a hacer nada que concierna a tus propios intereses. Así, no puedes centrarte en nada que te ayude a crecer como persona y, por otro lado, dilapidas tu dinero, lo cual, a la postre, es lo que te impide tomar decisiones cuando te sientes atrapado. Cuando te quieres dar cuenta, eres ya un puto esclavo que a lo más que puede aspirar es a tomar el vermut a diario.

Y no se crean que soy un integrista que está contra el coche o el vermut o contra nada de nada que no sean las necesidades creadas artificialmente para manipular al personal. Yo no necesité el coche nunca para nada. Pero caí en la trampa y ahora soy consciente de que ha sido una de las estupideces importantes que han contribuido al desastre que, en general, ha sido mi vida. Por así decirlo, a estas alturas, ya solo me queda el consuelo de los tontos: la inmensa mayoría a mí alrededor está en las mismas, si no más.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario