domingo, 1 de junio de 2025

Nuestra verdadera estatura

En la naturaleza todo tiende al equilibrio. Forma parte del contrato que hace posible la supervivencia de las especies. Hoy me han mandado un artículo que utiliza esta teoría para reivindicar la bondad de la marea de estulticia que nos viene señoreando de un tiempo a esta parte. Esa estulticia, argumenta, no es más que un intento de la naturaleza de contrarrestar la oleada de inteligencia de los últimos años que lo ha puesto todo patas arriba. Estaríamos adormilados por la digestión de los recientes descubrimientos, lo mismo que lo está una serpiente cuando se traga una gacela. Sin duda la estulticia es el necesario freno a esta velocidad desbocada en la que nos ha colocado todo esto de lo numérico, digital o como lo quieran llamar. 

La forma más sibilina de estulticia ya la dejó perfectamente descrita, en los tiempos modernos, un tal Nietzsche. Nos decía que, de pronto, se producen tal cantidad de descubrimientos que el hombre da en creerse que ya no necesita a Dios para nada. ¿Para qué le va a necesitar si ya ha desvelado todos los misterios de la naturaleza? Es el pecado de soberbia, el más estulto de todos. Y así es que andamos, ahora, pretendiendo que podemos hasta cambiar el sexo de las personas... no creo que se pueda concebir mayor grado de imbecilidad. Y otros mil ejemplos de los de reírse por no llorar. 

Para mí, una de las manifestaciones más estridentes de la imbecilidad reinante es la de esas personas que van por ahí blasonando de no ser creyentes y que, a continuación, siempre sueltan la muletilla de que ellos son muy respetuosos con los que creen. ¿Qué es lo que quieren decir con eso de que no son creyentes? Si se lo preguntas a ellos, les pones en un brete. No tienen ni idea de lo que están hablando; siguen la moda que les ha impuesto algún demonio disfrazado de intelectual y nada más. Dios es, seguramente, la primera abstracción salida de la mente humana. Una vez imaginado, el hombre pudo calmar la angustia que le producía el sentir que el tiempo pasaba y se le acababa. Y es que, con el Dios que se había fabricado, se acababan los problemas, porque, si le eras fiel -las tablas de la ley-, al morir te llevaba con Él al paraíso. Y ya está, eso es todo. Y de ahí no nos puede sacar nadie por muy intelectual, o demonio, que sea.  

Es difícil saberlo, pero hay por ahí muchos indicios de que la pleamar de estulticia ya se dio y ahora anda de retirada. Cada vez más gente se va dando cuenta de que necesita a Dios para que le responda a las preguntas para las que los humanos no tienen respuesta. Porque esa es la cuestión, que creer en Dios no es otra cosa que ser consciente en todo momento de lo limitados que estamos. La pérdida de esa conciencia es lo que llamamos imbecilidad. 

En fin, como concluía un vídeo que me mandaron ayer a propósito de la citada marea, ya va siendo hora de que nos pongamos de pie para ver cuál es nuestra verdadera estatura. 

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