Ayer les decía que quizá el gran olvidado es Chesterton. Una vez, por la temprana juventud, leí una novela suya llamada El Hombre que fue Jueves. No entendí nada. Y es que de joven casi todo te viene grande. A partir de ahí lo único que supe de él es que fue un gran inventor de sentencias muy ocurrentes. Luego, con la llegada de YouTube escuché cosas acerca de él en los canales de filosofía. Porque, sin duda, Chesterton fue un gran pensador al que los mitos de su época colocaron en la sombra.
Pudiera ser que Chesterton fuese la otra cara de la misma moneda que Nietzsche. Todo el rollo ese de la muerte de Dios y, con ello, el surgimiento del superhombre es para Chesterton una patochada. Para él, el superhombre es el hombre común que saca adelante una familia, toma pintas en el pub, y acude los domingos a la iglesia. Es decir, que vive en armonía con su medio porque no se cree superior a nadie. Y aquí es donde debiéramos pensárnoslo dos veces los admiradores, seguramente acríticos, de Nietzsche, en las pretensiones de superioridad; es como una intoxicación que produce su lectura. Claro que sus análisis son brillantes, pero, como todo lo brillante, sesgado. Él describe unos prototipos que seguramente se le asemejan, pero el mundo en general no es así. El mundo está compuesto en su inmensa mayoría por los superhombres que dice Chesterton: esas familias que veo en mis paseos al atardecer, con dos o tres hijos que juegan en los columpios. Esos son los que hacen que la sociedad funcione. ¡Y vaya que si creen en Dios! No hay nada más que ver la profusión de iglesias que hay por el barrio.
Hay que andarse con mucho cuidado con todo esto de la intelectualidad porque a la que te descuidas acabas creyéndote superior a los demás, cosa que, a la postre, es lo más antiintelectual que existe. Si para algo sirve ocuparse de las cosas del espíritu, eso sería, precisamente, tomar conciencia de que para ser más que alguien tienes que hacer más que alguien. Y leer a Nietzsche es hacer poco menos que nada. Sin embargo, estos que ahora escucho que arrastran sus carros en los que llevan el repuesto de las estanterías del supermercado, estos, digo, sí que hacen algo importante.
En fin, vamos a ver en que acaba la partida en curso, porque hay que reconocer que está condenadamente interesante.
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